viernes, 27 de diciembre de 2013

¿Dónde está mi cabeza?


- I -

Antes de despertar, ofrecióse a mi espíritu el horrible caso en forma de angustiosa sospecha, como una tristeza hondísima, farsa cruel de mis endiablados nervios que suelen desmandarse con trágico humorismo. Desperté; no osaba moverme; no tenía valor para reconocerme y pedir a los sentidos la certificación material de lo que ya tenía en mi alma todo el valor del conocimiento... Por fin, más pudo la curiosidad que el terror; alargué mi mano, me toqué, palpé... Imposible exponer mi angustia cuando pasé la mano de un hombro a otro sin tropezar en nada... El espanto me impedía tocar la parte, no diré dolorida, pues no sentía dolor alguno... la parte que aquella increíble mutilación dejaba al descubierto... Por fin, apliqué mis dedos a la vértebra cortada como un troncho de col; palpé los músculos, los tendones, los coágulos de sangre, todo seco, insensible, tendiendo a endurecerse ya, como espesa papilla que al contacto del aire se acartona... Metí el dedo en la tráquea; tosí... metílo también en el esófago, que funcionó automáticamente queriendo tragármelo... recorrí el circuito de piel de afilado borde... Nada, no cabía dudar ya. El infalible tacto daba fe de aquel horroso, inaudito hecho. Yo, yo mismo, reconociéndome vivo, pensante, y hasta en perfecto estado de salud física, no tenía cabeza.

- II -

Largo rato estuve inmóvil, divagando en penosas imaginaciones. Mi mente, después de juguetear con todas las ideas posibles, empezó a fijarse en las causas de mi decapitación. ¿Había sido degollado durante la noche por mano de verdugo? Mis nervios no guardaban reminiscencia del cortante filo de la cuchilla. Busqué en ellos algún rastro de escalofrío tremendo y fugaz, y no lo encontré. Sin duda mi cabeza había sido separada del tronco por medio de una preparación anatómica desconocida, y el caso era de robo más que de asesinato; una sustracción alevosa, consumada por manos hábiles, que me sorprendieron indefenso, solo y profundamente dormido.

En mi pena y turbación, centellas de esperanza iluminaban a ratos mi ser.. Instintivamente me incorporé en el lecho; miré a todos lados, creyendo encontrar sobre la mesa de noche, en alguna silla, en el suelo, lo que en rigor de verdad anatómica debía estar sobre mis hombros, y nada... no la vi. Hasta me aventuré a mirar debajo de la cama... y tampoco. Confusión igual no tuve en mi vida, ni creo que hombre alguno en semejante perplejidad se haya visto nunca. El asombro era en mí tan grande como el terror.

No sé cuánto tiempo pasé en aquella turbación muda y ansiosa. Por fin, se me impuso la necesidad de llamar, de reunir en torno mío los cuidados domésticos, la amistad, la ciencia. Lo deseaba y lo temía, y el pensar en la estupefacción de mi criado cuando me viese, aumentaba extraordinariamente mi ansiedad.

Pero no había más remedio: llamé... Contra lo que yo esperaba, mi ayuda de cámara no se asombró tanto como yo creía. Nos miramos un rato en silencio.

-Ya ves, Pepe -le dije, procurando que el tono de mi voz atenuase la gravedad de lo que decía-; ya lo ves, no tengo cabeza.

El pobre viejo me miró con lástima silenciosa; me miró mucho, como expresando lo irremediable de mi tribulación.

Cuando se apartó de mí, llamado por sus quehaceres, me sentí tan solo, tan abandonado, que le volví a llamar en tono quejumbroso y aun huraño, diciéndole con cierta acritud:

-Ya podréis ver si está en alguna parte, en el gabinete, en la sala, en la biblioteca... No se os ocurre nada.

A poco volvió José, y con su afligida cara y su gesto de inmenso desaliento, sin emplear palabra alguna, díjome que mi cabeza no parecía.

- III -

La mañana avanzaba, y decidí levantarme. Mientras me vestía, la esperanza volvió a sonreír dentro de mí.

-¡Ah! -pensé- de fijo que mi cabeza está en mi despacho... ¡Vaya, que no habérseme ocurrido antes!... ¡qué cabeza! Anoche estuve trabajando hasta hora muy avanzada... ¿En qué? No puedo recordarlo fácilmente; pero ello debió de ser mi Discurso-memoria sobre la Aritmética filosófico-social, o sea, Reducción a fórmulas numéricas de todas las ciencias metafísicas. Recuerdo haber escrito diez y ocho veces un párrafo de inaudita profundidad, no logrando en ninguna de ellas expresar con fidelidad mi pensamiento. Llegué a sentir horriblemente caldeada la región cerebral. Las ideas, hirvientes, se me salían por ojos y oídos, estallando como burbujas de aire, y llegué a sentir un ardor irresistible, una obstrucción congestiva que me inquietaron sobremanera...

Y enlazando estas impresiones, vine a recordar claramente un hecho que llevó la tranquilidad a mi alma. A eso de las tres de la madrugada, horriblemente molestado por el ardor de mi cerebro y no consiguiendo atenuarlo pasándome la mano por la calva, me cogí con ambas manos la cabeza, la fui ladeando poquito a poco, como quien saca un tapón muy apretado, y al fin, con ligerísimo escozor en el cuello... me la quité, y cuidadosamente la puse sobre la mesa. Sentí un gran alivio, y me acosté tan fresco.

- IV -

Este recuerdo me devolvió la tranquilidad. Sin acabar de vestirme, corrí al despacho. Casi, casi tocaban al techo los rimeros de libros y papeles que sobre la mesa había. ¡Montones de ciencia, pilas de erudición! Vi la lámpara ahumada, el tintero tan negro por fuera como por dentro, cuartillas mil llenas de números chiquirritines..., pero la cabeza no la vi.

Nueva ansiedad. La última esperanza era encontrarla en los cajones de la mesa. Bien pudo suceder que al guardar el enorme fárrago de apuntes, se quedase la cabeza entre ellos, como una hoja de papel secante o una cuartilla en blanco. Lo revolví todo, pasé hoja por hoja, y nada... ¡Tampoco allí!

Salí de mi despacho de puntillas, evitando el ruido, pues no quería que mi familia me sintiese. Metíme de nuevo en la cama, sumergiéndome en negras meditaciones. ¡Qué situación, qué conflicto! Por de pronto, ya no podría salir a la calle porque el asombro y horror de los transeúntes habían de ser nuevo suplicio para mí. En ninguna parte podía presentar mi decapitada personalidad. La burla en unos, la compasión en otros, la extrañeza en todos me atormentaría horriblemente. Ya no podría concluir mi Discurso-memoria sobre la Aritmética filosófico-social; ni aun podría tener el consuelo de leer en la Academia los voluminosos capítulos ya escritos de aquella importante obra. ¡Cómo era posible que me presentase ante mis dignos compañeros con mutilación tan lastimosa! ¡Ni cómo pretender que un cuerpo descabezado tuviera dignidad oratoria, ni representación literaria...! ¡Imposible! Era ya hombre acabado, perdido para siempre.

- V -

La desesperación me sugirió una idea salvadora: consultar al punto el caso con mi amigo el doctor Miquis, hombre de mucho saber a la moderna, médico filósofo, y, hasta cierto punto, sacerdotal, porque no hay otro para consolar a los enfermos cuando no puede curarlos o hacerles creer que sufren menos de lo que sufren.

La resolución de verle me alentó: vestíme a toda prisa. ¡Ay! ¡Qué impresión tan extraña, cuando al embozarme pasaba mi capa de un hombro a otro, tapando el cuello como servilleta en plato para que no caigan moscas! Y al salir de mi alcoba, cuya puerta, como de casa antigua, es de corta alzada, no tuve que inclinarme para salir, según costumbre de toda mi vida. Salí bien derecho, y aun sobraba un palmo de puerta.

Salí y volví a entrar para cerciorarme de la disminución de mi estatura, y en una de éstas, redobláronse de tal modo mis ganas de mirarme al espejo, que ya no pude vencer la tentación, y me fui derecho hasta el armario de luna. Tres veces me acerqué y otras tantas me detuve, sin valor bastante para verme... Al fin me vi... ¡Horripilante figura! Era yo como una ánfora jorobada, de corto cuello y asas muy grandes. El corte del pescuezo me recordaba los modelos en cera o pasta que yo había visto mil veces en Museos anatómicos.

Mandé traer un coche, porque me aterraba la idea de ser visto en la calle, y de que me siguieran los chicos, y de ser espanto y chacota de la muchedumbre. Metíme con rápido movimiento en la berlina. El cochero no advirtió nada, y durante el trayecto nadie se fijó en mí.

Tuve la suerte de encontrar a Miquis en su despacho, y me recibió con la cortesía graciosa de costumbre, disimulando con su habilidad profesional el asombro que debí causarle.

-Ya ves, querido Augusto -le dije, dejándome caer en un sillón-, ya ves lo que me pasa...

-Sí, sí -replicó frotándose las manos y mirándome atentamente-: ya veo, ya... No es cosa de cuidado.

-¡Que no es cosa de cuidado!

-Quiero decir... Efectos del mal tiempo, de este endiablado viento frío del Este...

-¡El viento frío es la causa de...!

-¿Por qué no?

-El problema, querido Augusto, es saber si me la han cortado violentamente o me la han sustraído por un procedimiento latroanatómico, que sería grande y pasmosa novedad en la historia de la malicia humana.

Tan torpe estaba aquel día el agudísimo doctor, que no me comprendía. Al fin, refiriéndole mis angustias, pareció enterarse, y al punto su ingenio fecundo me sugirió ideas consoladoras.

-No es tan grave el caso como parece -me dijo- y casi, casi, me atrevo a asegurar que la encontraremos muy pronto. Ante todo, conviene que te llenes de paciencia y calma. La cabeza existe. ¿Dónde está? Ése es el problema.

Y dicho esto, echó por aquella boca unas erudiciones tan amenas y unas sabidurías tan donosas, que me tuvo como encantado más de media hora. Todo ello era muy bonito; pero no veía yo que por tal camino fuéramos al fin capital de encontrar una cabeza perdida. Concluyó prohibiéndome en absoluto la continuación de mis trabajos sobre la Aritmética filosófico-social, y al fin, como quien no dice nada, dejóse caer con una indicación, en la que al punto reconocí la claridad de su talento.

¿Quién tenía la cabeza? Para despejar esta incógnita convenía que yo examinase en mi conciencia y en mi memoria todas mis conexiones mundanas y sociales. ¿Qué casas y círculos frecuentaba yo? ¿A quién trataba con intimidad más o menos constante y pegajosa? ¿No era público y notorio que mis visitas a la Marquesa viuda de X... traspasaban, por su frecuencia y duración, los límites a que debe circunscribirse la cortesía? ¿No podría suceder que en una de aquellas visitas me hubiera dejado la cabeza, o me la hubieran secuestrado y escondido, como en rehenes que garantizara la próxima vuelta?

Diome tanta luz esta indicación, y tan contento me puse, y tan claro vi el fin de mi desdicha, que apenas pude mostrar al conspicuo Doctor mi agradecimiento, y abrazándole, salí presuroso. Ya no tenía sosiego hasta no personarme en casa de la Marquesa, a quien tenía por autora de la más pesada broma que mujer alguna pudo inventar.

- VI -

La esperanza me alentaba. Corrí por las calles, hasta que el cansancio me obligó a moderar el paso. La gente no reparaba en mi horrible mutilación, o si la veía, no manifestaba gran asombro. Algunos me miraban como asustados: vi la sorpresa en muchos semblantes, pero el terror no.

Diome por examinar los escaparates de las tiendas, y para colmo de confusión, nada de cuanto vi me atraía tanto como las instalaciones de sombreros. Pero estaba de Dios que una nueva y horripilante sorpresa trastornase mi espíritu, privándome de la alegría que lo embargaba y sumergiéndome en dudas crueles. En la vitrina de una peluquería elegante vi...

Era una cabeza de caballero admirablemente peinada, con barba corta, ojos azules, nariz aguileña... era, en fin, mi cabeza, mi propia y auténtica cabeza... ¡Ah! cuando la vi, la fuerza de la emoción por poco me priva del conocimiento... Era, era mi cabeza, sin más diferencia que la perfección del peinado, pues yo apenas tenía cabello que peinar, y aquella cabeza ostentaba una espléndida peluca.

Ideas contradictorias cruzaron por mi mente. ¿Era? ¿No era? Y si era, ¿cómo había ido a parar allí? Si no era, ¿cómo explicar el pasmoso parecido? Dábanme ganas de detener a los transeúntes con estas palabras: «Hágame usted el favor de decirme si es esa mi cabeza.»

Ocurrióme que debía entrar en la tienda, inquirir, proponer, y por último, comprar la cabeza a cualquier precio... Pensado y hecho; con trémula mano abrí la puerta y entré... Dado el primer paso, detúveme cohibido, recelando que mi descabezada presencia produjese estupor y quizás hilaridad. Pero una mujer hermosa, que de la trastienda salió risueña y afable, invitóme a sentarme, señalando la más próxima silla con su bonita mano, en la cual tenía un peine1.

FIN


1. La continuación en el número de Navidad del año que viene.



B. Pérez Galdós, "¿Dónde está mi cabeza?", El Imparcial, 30-31 diciembre 1892

martes, 24 de diciembre de 2013

Santa Lives!



The figure of Santa Claus is shrouded in mystery and contradiction. Well before the founding of the Christian Church, men (and women, if the men let them go outside) would gaze up at the heavens during the bleakest, longest nights of the year and wail, although probably not in English, “Who will deliver us from this endless wintry gloom? What can sustain us through the long nights ahead besides heavy drinking, the worship of moss, and staring at endless reruns of the Bronze Age equivalent of Law & Order?” Then would every heart beat with a single desire and every voice give utterance to the same wish: “Isn’t there some big fat man up there who can come down here and give me free stuff?"

In response to such universal human longing, Santa Claus appears. And yet, from the first, he is a figure of controversy. It begins with his very name: Santa, scholars tell us, is the feminine form of the Spanish/Italian/Portuguese word for “saint.” But Claus is a masculine Nordic/Germanic name. Is Santa Claus a girl with a boy’s name or a boy with a girl’s name or what? It’s worse than Leslie or Alex! No wonder, then, that when we (henceforth, by “we” I will mean not only those of us in the intellectual elite but everyone else, too!) first think of Santa Claus, we think of a hermaphrodite. And no wonder that, when we ask ourselves where he’s from, we instantly decide: Switzerland, where everyone is half Italian and half German and half French, where the boys wear dresses and learn to curtsy, where the girls smoke pipes and en- joy a good arm wrestle, and which is home to the high- est percentage of Swiss hermaphrodites in the world. And yet, no matter how often we repeat to one another, “Santa Claus is a Swiss hermaphrodite,” it is never fully credible, never entirely satisfying. Then we are shown the familiar figure in the red suit, and we don’t know what to think. 

But that is only the beginning of our dilemma. If he (if indeed he is a “he”) is Santa Claus, how can he also be, as he is alternatively called, Saint Nicholas? Or Fa- ther Christmas? Or Père Noel? And exactly where does the modern world get off calling him the vulgar, overly familiar Saint Nick? How, in any reasonable universe, can a Christian saint be named Nick? What next? Saint Chet? Saint Tiffany? And what’s with “Kris Kringle”? Isn’t that a brand of doughnuts? Still, at the end of the day—or, more accurately, of the year—we manage to reconcile ourselves to living with these and other unresolved issues. Christmas, as it always does, comes. We betake to festoon the bowers with gaudy bunting and hoist a schooner high to quaff the foaming wassail, although we haven’t the faintest idea what the hell any of that means. Then we welcome Santa Claus into our homes and our department stores, our malls and our children’s hospitals, our drunken of- fice parties and our drunken Chanukah parties and our drunken Kwanzaa parties. Or rather—and we know this all too well, no matter how strenuously we pretend to believe otherwise—we welcome not Santa Claus himself but “Santa Claus,” i.e., a stand-in, a make- believe substitute for the real Claus. Invariably this ersatz Santa—usually embodied by a classroom father, a pediatric resident, or Tyler, the numbskull in Purchasing—dispatches his duties ade- quately, distributing presents and frightening children, embarrassing everyone and “good-naturedly” groping teachers, nurses, and secretaries, sometimes all at once. And yet, throughout, we are haunted by a perennially unresolved question: Is there an actual personage upon whom all these models and impersonations are based? Does Santa Claus actually exist?

The question is as old as civilization itself, and even older if you count early tribal peoples, who just wan- dered around, hunting and gathering and wishing and hoping and bitching and moaning and showing up to stay in places without a reservation. (Hence the impor- tance today of Native American Indian reservations, to redress this grievous lack.) The range of opinions re- garding Clausite existence spans the gamut, from the outright denial of Aclausites (“There is no such thing as Santa Claus.”) to the fervent affirmation of the faith- ful (“Yes there is, and shut up.”). Each side marshals its propositions, refutations, challenges, and “proofs.” And yet, after just under six-point-two jillion years of human history, neither side has so far been able to dis- suade the other, leaving both entrenched in their re- spective positions. Can the deadlock be broken? Can the matter be re- solved once and for all? And can it be done in a way that takes full advantage of the burgeoning market for mildly “spiritual” works that offend no one and make everyone feel great (even Jews)? Can it mention chicken soup, angels, Heaven, a day of the week, an old guy’s nickname, and “code” in the title? I believe that it can, except for the title part. (And even with that, I tried. This work’s original title was Thursdays with Izzie in Heaven: Santa Claus, Angels, and the Chicken Soup Code. My priggish and short- sighted editor made me change it.) I hope, by bringing together all the most persuasive and enduring argu- ments in favor of Santa’s existence, to prove conclu- sively that Santa Claus is a living presence, a gift-toting, reindeer-whipping reality.

Of course some will wonder, why undertake such a project? For those who believe Santa exists, no proof is necessary; for those who do not, no proof is sufficient. The answer, as it always is whenever someone wants to justify publicly doing something for their own private purposes, is: for the children. (...) If every child on earth were to buy a copy of this book (after its translation into eighty-three languages and a print run into the hundreds of millions), and read it, and derive hope from it, I would be content. But if they don’t? Then let it be purchased for them by an entire generation of parents, grandparents, aunts, uncles, teachers, coaches, clergymen, pediatricians, so- cial workers, babysitters, and well-meaning strangers. Let them purchase it for the same reason that I have written it: for the children. Someone will say, “Yes, but I am Jewish, or Muslim, or Hindu, or of some other religion for which the figure of Santa Claus is at best a pathetic and risible fiction. Why should I care about, and purchase, the present work?” To him or her I say: The issue of Santa Claus’s existence has ramifications that extend far beyond the interest of any particular religion or spiritual world- view. If Santa Claus exists, then he exists for all of us.
If, on Christmas Eve, he truly does bring presents for good little Christian boys and girls, then he is available to bring presents to everyone else, including good little non-Christian boys and girls and big, bad grownups, on the other 364 days of the year. Someone will say, “Well, then, why doesn’t he?” Perhaps because he hasn’t been asked. Why has he not been asked? Because in order to ask something of someone, you first have to believe that that someone ex- ists. That is why I have written this work. Plus for the children.

Ellis Weiner, Santa Lives!
Five Conclusive Arguments for the Existence of Santa Claus

http://www.youtube.com/watch?v=-_D6rXfYXq0