sábado, 28 de enero de 2012

Elogio sentimental de la Go-go Girl



ELOGIO SENTIMENTAL DE LA “GO-GO GIRL”

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Nuestros medios de comunicación de masas se dirigen más a nuestro amigo supermán, protagonista de este último capitulo de la crónica sentimental. Es el que dala cara de la España actual, no lo olvidemos, tras el parabrisas de su coche. Los medios de comunicación de masas tienden a uniformar esa cultura de masas, y lo hacen,perfectamente conscientes, al nivel del supermán pequeño burgués, especie evolucionadade la prehistórica “sufrida clase media”. Por encima quedan los supermanes de la economia y del riesgo, y por debajo la base de la pirámide social.Ese supermán no quiere perder el tren biológico. Recurrirá a toda clase de maquillajes,asimilará todos los anticuerpos posibles, para que ninguna epidemia le sorprenda. Resulta curioso su comportamiento ante la música de consumo, cómo fuerza su sentimentalidad para no verse desbordado por los acontecimientos. Y es que la revolución iniciada por el rock no se ha detenido.El rock estaba identificado con los rebeldes sin causa, con James Dean y el propio Elvis Presley y todas las mitificaciones seriadas de los personajes de Kerouac o Nelson Algren.

La revolución melódica de la juventud ha tenido en todo el mundo un falso sabor de revolución mantenida por el presupuesto de un papá liberal, con su camisa blanca, su traje gris, su prestigio de eficaz ejecutivo. El pase a primer término del escenario de la juventud marginada que venia de la noche del “niño, eso no se dice”, creó todas las formas de pederastia con que los adultos vienen huyendo del túnel del tiempo. Ser joven se convierte de repente en una necesaria moda, en un frenético chupar el trozo de colilla que les queda.No estar con los jóvenes es envejecer y estar con los jóvenes quiere decir replantear todas las convenciones vitales, aunque sea dos horas al dia. Es como la buena obra diaria del escultismo, pero dirigida hacia uno mismo.Si el dinero adulto creó el mercado de la sentimentalidad juvenil, también creó el mercado de la sentimentalidad nocturna juvenil del adulto.

El hombre treintañero, acuarentado, necesita la complicidad de la noche para aplazar la norma hasta el día siguiente. Entonces se va furtivamente a las catacumbas del soul, a dejarse abofetear por el electrosonido, a dejarse romper la propia figura por la muerte plana de las iluminaciones sincopadas. Sale a la pista con los músculos de la responsabilidad entumecidos. Suele salir a la pista con los brazos encorvados, a base de fingir soltura, con los hombros puntiagudos, a base de disimular un cuerpo adulto, y entonces se agita como el espantapájaros del tiempo, y, al rato, el olvido de si mismo es el mejor sintoma de que existe como un ser agitado por una música que le abastece de libertad, de una libertad de las junturas de los huesos y la piel, de una libertad esclavizada al cordón umbilical del sonido.

Es entonces cuando sobre la irreal irrealidad de los adultos exiliados al underground, un chorro de luz delimita la presencia de la “go-go girl”. Son muchachas filiformes, de pierna larga, ojos enguantados por las coloraciones. Tienen un pequeño universo geométrico bajo los pies. Mientras bailan, miran una y otra vez el borde del universo, el borde de su pódium. Ponen los pies con ligereza, pero con cuidado; tantean el aire próximo con la punta de un pie, con una cadera, con el brazo ligeramente contenido. A veces envían a investigar a la propia melena. Pero la melena vuelve, como vuelve el pie, el brazo; no, no es posible caer de este universo que fascina sus ojos enguantados por las coloraciones. Y, además, ¿a dónde ir? ¿Qué lugar hay en el mundo del que ya no se quiera regresar? ¿Qué ciudad nos promete con sus luces la libertad y la respuesta? El pódium es seguro. Desde la estatura enana se distinguen claramente sus horizontes, y no hay que caer. Porque si la go-go girl cae del pódium, se detendrá el movimiento epiléptico colectivo, las luces normalizarán la realidad, el electrosonido girará roto en una vergonzante retirada y los rostros, al mirarse, descubrirán la huella del dia siguiente, lleno de agendas, dietarios; lleno de las mismas palabras, de las mismas traiciones; lleno de derrotas, convertidas en victorias gracias al soliloquio.

No, la go-go girl sabe que no debe caer. Que su equilibrio es el equilibrio de la noche escogida por todos los que comparten con ella la renuncia. Lo sabe incluso esa go-go girl de Betanzos, que siguió algunos cursos de secretariado, que estuvo a punto de casarse con un representante de fábricas de bonito en aceite y que un día se marchó en auto-stop ala Costa Brava, donde agita sus pocas, largas, blancas carnes de animal nocturno. Esta go-go girl tiene una cartilla de ahorros abierta en Gerona. Se muere cada día a las cuatro de la madrugada y resucita a las cuatro de la tarde. Pasea sus párpados desnudos del postizaje, semicerrados por la educación del sueño. Pellizca los objetos con los ojos. No sabe qué quiere, ni con quién, ni paraqué.Y esa muchacha, esa go-go girl es la España actual, un poco su símbolo.

Conserva todos los tics de la supervivencia a que ha acostumbrado un país que siempre será proporcionalmente pobre, por los siglos de los siglos. Se ha puesto el disfraz del erotismo consumista. Usa píldoras anticonceptivas. Lee revistas de “disc-jockeys”, pero también ¡Hola!, siempre ¡Hola! Camina como cree que camina Sandie Shaw. Se propone aprender inglés este próximo invierno. Después, al llegar la primavera, tal vez vaya al Nepal, donde dicen que la gente es hospitalaria, porque es subdesarrollada; donde la peseta puede ser una moneda fuerte.

La go-go girl tiene un rostro lleno de blanca palidez. Resalta sobre el fondo histórico de la carrera espacial, de los batiscafos en busca del sexto continente. Es un rostro hierático. Un rostro que lo sugiere todo y no sugiere nada.Caminos en el cielo, misterios en el mar, y su rostro tan sereno con su blanca palidez. Se llama Carmen, como su madre. Tal vez su madre fuera mejor llamada Carmela. Tal vez fuera la Carmela del... ejército del Ebro, una noche el río cruzó... ay Carmela, ay Carmela.

-¿La batalla del Ebro? -pregunta como respuesta a mi pregunta-. ¿La batalla del Ebro? ¿La guerra de la Independencia? ¿No? No, no, si me equivoco, dimelo. Me gusta aprender. Ahora me voy al Nepal. A observar. A ver cosas. Esto es una murga, como decís los catalanes. Me voy al Nepal con mi novio. Es extranjero. Me gustan los extranjeros. ¿Sabes por qué? Porque no les entiendo.



Manuel Vazquez Montalbán
Crónica sentimental de España

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