jueves, 16 de enero de 2014

Dalí, Arrabal: La orgía malograda


Arrabal decía riéndose que Picasso era un imbécil genial, uno enfermo de priapismo, que se despatarraba en una poltrona y sentaba a las mujeres, todas las que pudiera, sobre su enorme polla, sin mover otro músculo, otro que no fuera su polla, sin prodigar una caricia se entiende, y que sus últimos días los pasó bajo el control absoluto de los órganos del KGB soviético, y que para poder visitarlo alguien los agentes del tenebroso aparato debían pedir autorización a las más altas instancias del Kremlin.
Luego volvió a repetir que Dalí, el Divino Dalí, estaba entre los tres hombres más inteligentes que había tratado, y acto seguido, empezó a contar como le habría conocido una noche en que sonó el teléfono en su apartamento en París y al preguntar quién es, una voz le contestó desde el otro lado de la línea, soy yo, Dalí, el Divino Dalí, he visto una de sus obras y quiero escriba una para mí, para montarla, y Arrabal, claro, cómo no Maestro, y Dalí, sí pero antes quiero que pase por mi hotel con una esclava. Arrabal no tenía ni idea donde podía encontrar una esclava, pero sin pensarlo dos veces, le dijo, sí, sí, mañana a las ocho de la noche en su hotel y tomó la dirección.
Arrabal cuenta que en su apartamento había unos amigos, entre ellos una joven lesbiana, feminista militante, maoísta y estudiante de la Sorbonne, y que al comunicarles el pedido de Dalí, pensó que la combativa muchacha saltaría una furia por lo que consideraría una atrocidad, pero no, ella dijo que en su clase podía conseguir siete más de su misma condición para que sirvieran de esclavas ante Dalí y Arrabal.
Arrabal nunca estuvo confiado y siempre creyó podía ser una trampa de la tropa lésbica para lincharlo o castrarlo, o peor, para castrarlo primero y luego lincharlo. No obstante, asegura que al otro día desde las seis de la tarde estaba en su apartamento la tribu de 8 tríbadas listas para el acto sacrificial, pero así y todo Arrabal no confiaba, podía ser un plan de las aguerridas combatientes de la izquierda parisina para, dos pájaros de un tiro, deshacerse de él y de Dalí, o al menos de sus respectivos apéndices viriles. Confiesa Arrabal que lo más complejo fue encontrar una cuerda, que terminó comprando en un pequeño mercado de purgas cercano, que diera para maniatar firmemente a las ocho maoístas, la maniobra misma de maniatar a las maoístas, se dice torpe para cierta labores manuales, y que finalmente, con la ayuda eficaz de su esposa, terminó amarrando convenientemente a la dote de esclavas caídas como del cielo.
Alquiló un coche de caballos y legó frente al lujoso hotel donde vivía el Divino, y nada más bajar con su cordillera de maoístas, que trabajosamente marchaban entre hoscas y curiosas, el portero, un negro inmenso, no le dejó ni hablar y dijo, sí, ya sé, para la habitación imperial del Gran Dalí, yo les conduzco, por aquí, por favor, por aquí, cuidado con las esclavas, no se lastimen, y que una maoísta, seguro la más comprometida con la causa de los humildes del mundo, le lanzó un furioso escupitajo al negro, y que éste, sin perder la compostura, y sin limpiarse, dijo, no se preocupe Sr. así suelen ser las esclavas.
En la habitación fueron recibidos por Dalí y Gala. Con ellos había otro negro inmenso, en traje militar lleno de entorchados y medallas, y al que Dalí llamaba como su Jefe de la Guerra, además de Luis XVI, una vieja destentada, tapada hasta el cuello, y acostada en una cama estilo imperio, y que a cada momento se sentaba levemente para beber largo de un botellón de Wiskey ubicado sobre un artilugio de cedro en el centro mismo de la cama. Luis XVI no hablaba, sólo bebía y sonreía como lo que era, un rey o una reina.
Dalí ordenó al Jefe de la Guerra desatar a las esclavas. Arrabal, el temor aún reflejado en sus ojos, el temor reflejado tras el reflejo de las copas de tinto italiano del Café Borges, y acto seguido ordenó a la primera lesbiana para que mostrara el trasero, unas nalgas blancas y tersas, recuerda Arrabal, y que acto seguido empezó a azotarla sin piedad con un pesado látigo de cuero negro y siete lenguas, bifurcándose cada una en otras siete, bifurcaciones borgeanas, extraído de un cofre de plata, incrustado en pedrerías, y que se dijo, ahora va a iniciar la revuelta lésbica, mañana estaremos en la primera plana de todos los periódicos parisinos, pero no, la azotó hasta la primera sangre, Gala daba moderados saltitos de entusiasmo, Gala la mujer que hizo a Dalí, dijo Arrabal tras un trago largo, y así fue sacando la sangre de cada uno de los ocho traseros maoístas, bajo la atenta, escrutadora mirada del Jefe de la Guerra, sin una protesta por parte de las militantes, salvo unos quejidos y unos siseos, a medio camino entre el dolor y el placer, con cada caída, restallar del látigo en los heroicos traseros revolucionarios.
Agregó Arrabal que al otro día el Jefe de la Guerra fue a recogerle a su apartamento por órdenes del Divino y llevado a una mansión a las afueras de París. Allí en torno a una piscina había unas veinte prostitutas follando con perros, una lo hacía con un enorme mono, otra con un caballo y, sobre todo, decía, follaban entre ellas, en tanto Gala y Dalí observaban el escenario de la batalla desde dos tronos dorados. Asegura que el Divino y la Diva se levantaron y fueron efusivos a saludarle.
Recuerda el escritor que Dalí le pidió encarecidamente que follara con una prostituta, especie de walkiria ataviada con una túnica transparentada, una que hasta ese momento no participaba en la orgía, y a la cual, tanto Dalí como Gala, llamaban dulcemente como la Gran Princesa Aria, y que él se negó rotundamente bajo el argumento de que era un hombre casto, y que Dalí insistía, no hay hombres castos, y yo ordeno que te la folles, tú no puedes desairarme, es una fiesta en tu honor, una fiesta pánica, y Arrabal, pánico soy yo, pero soy casto, soy el casto José del Antiguo Testamento.
Dice Arrabal que Dalí enfureció, que lo hizo salir del lugar escoltado por el Jefe de la Guerra y que al voltear un ángulo de la piscina para salir, alcanzó a divisar al Divino Dalí a cuatro patas lamiendo el culo de la Gran Princesa Aria que, también a cuatro patas, se había despojado convenientemente de la túnica transparentada.
Al otro día, cuenta Arrabal, recibió una llamada de Dalí, un Júpiter tonante, que le decía del otro lado de la línea, óyeme bien, Casto José, cacho de casto, si nada más te atreves a contar algo de lo que has visto, vivido, te destruyo, juro que acabo contigo, con tu carrera, te hago una nada, una sombra, con lo que Arrabal entendió que Dalí quería decir exactamente lo contrario, quería que lo contara, que diera testimonio. Yo bajé el resto de mi copa, pagué, y pensé Arrabal quiere lo mismo, quiere que de testimonio, quiere que yo les cuente esta historia.

Armando de Armas
"Encuentro de tercer tipo con Fernando Arrabal (II)"
http://eichikawa.com/2009/01/encuentro-de-tercer-tipo-con-fernando-arrabal-ii.html

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