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domingo, 12 de agosto de 2012

La mosca sabia



I

Don Eufrasio Macrocéfalo me permitió una noche penetrar en el sancta-sanctorum, en su gabinete de estudio, que era, más bien que gabinete; salón biblioteca: las paredes estaban guarnecidas de gruesos y muy respetables volúmenes, cuyo valor en venta había de subir a un precio fabuloso el día en que don Eufrasio cerrase el ojo y se vendiera aquel tesoro de ciencia en pública almoneda; pues si mucho vale Aristóteles por su propia cuenta, un Aristóteles propiedad del sabio Macrocéfalo tenía que valer mucho más para cualquier bibliómano capaz de comprender a mi ilustre amigo. Era mi objeto, al visitar la biblioteca de don Eufrasio, verificar notas en no importa qué autor, cuyo libro no era fácil encontrar en otra parte; y llegó a tanto la amabilidad insólita del erudito, que me dejó solo en aquel santuario de la sabiduría, mientras él iba a no sé qué Academia a negar un premio a cierta Memoria en que se le llamaba animal, no por llamárselo, sino por demostrar que no hay solución de continuidad en la escala de los seres.

La biblioteca de don Eufrasio era una habitación tan abrigada, tan herméticamente cerrada a todo airecillo indiscreto por lo colado, que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho manifestación alguna de las que anuncian constipado: don Eufrasio no quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto a la mesa escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala, en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento, cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo palabra de ir calentándose poco a poco.

Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba tan ajeno a la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo, químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban ya de vencida, los abrasados troncos.

En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé a la perezosa fantasía vagar a su antojo, llevando el pensamiento por donde ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz!, más allá ¡Descartes!, ¡San Agustín!, ¡Enciclopedia!, ¡Sistema del mundo!, ¡Crítica de la razón pura!, ¡Novum organum! Todo el mundo de la inteligencia se interponía entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar. “¡Ea! —le dije—; busca materia para tus locuras dentro del estrecho recinto en que te ves encerrada. Estás en la casa de un sabio; este silencio, ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible a tus ojos, algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, o de sus pesares, o de sus esperanzas, o de sus pasiones, que tal vez, con saber tanto, Macrocéfalo las tenga?” Nada respondió mi fantasía; pero en aquel instante oí a mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas.

Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor es de un espíritu acaso; acaso va a hablar el genio de don Eufrasio, algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía muy cerca, se vino a posar una mosca de muy triste aspecto, porque tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y de color... de ala de mosca; faltábale alguna de las extremidades, y parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el zumbido y esta vez ya sonaba más a palabras; la mosca decía algo, aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más a la mesa la mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla oí que la mosca, sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz, que para sí quisieran muchos actores de fama:

—Sucedió en la suprema monarquía
de la Mosquea un rey que, aunque valiente,
la suma de riquezas que tenía
su pecho afeminaron fácilmente.

—¿Quién anda ahí? ¿Hospes, quis es? —gritó la mosquita estremecida, interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba declamando; y fue que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad que le consentía la cojera. —Dispense usted, caballero —continuó reportándose—, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había notado su presencia.

Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar a aquella mosca que hablaba con tanta corrección y propiedad y recitaba versos clásicos.

—Usted es quien ha de dispensar —dije al fin, saludando cortésmente—; yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos literatos primates.

—Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego La Batracomiomaquia, lo mismo que la recitara toda la Mosquea. Estos son mis poemas favoritos; para ustedes son poemas burlescos, para mí son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son a mis ojos verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse a risa. Yo leo La Batracomiomaquia como Alejandro leía La Iliada...

Arjomenos proton Mouson joron ex Heliconos...

¡Ay! Ahora me consagro a esta amena literatura que refresca la imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y naturales que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el polvo de los pergaminos descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes, signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud buscando la verdad, y ahora que lo mejor de la vida se acaba, busco afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar las verdades que sé.

Permítame usted, caballero, que siga yo hablando sin dejarle a usted meter baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean moscas o mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca; mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de aquí en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto vieron una ventana abierta; yo no pude seguir a los míos, porque don Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor; guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos; pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que era la teoría cartesiana, que considera como máquinas a los animales, el pobre sabio quiso matarme cegado por el orgullo, tan mal herido en aquella lucha con la realidad.

Pero en la misma filosofía que iba a ser causa de mi muerte hallé la salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la cabeza, señal de que dudaba; y dudaba, en efecto, si tenía o no tenía derecho para matarme. Ante todo, ¿es legítima a los ojos de la razón la pena de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto le llevó a pensar lo que sería el derecho, y vio que era propiedad; pero ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio llegó al punto de partida necesario para dar un solo paso en firme. Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó a considerar que era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el rabo por desollar, o sea la sintética que hace falta para conocer el fundamento, el por qué, don Eufrasio no se decidió a matarme por ahora, y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo sin mengua del imperativo categórico. Entre tanto fue, sin conocerlo, tomándome cariño, y al fin me dio la libertad relativa de volar por esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad! La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los accidentes infinitos que vienen sin que se sepa cómo ni por qué, la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Esa es la vida verdadera!

Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión y dije:

—Todo eso está muy bien, pero todavía no me ha dicho usted cómo se las compone para hablar mejor que algunos literatos...

—Un día —continuó la mosca— leyó don Eufrasio en la Revista de Westminster que dentro de veinte mil años, acaso, los perros hablarían, y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario; compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó a darle lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no pudo aprender, pero yo, en cambio, fui recogiendo todas las enseñanzas que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le dije:

Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son los podencos y los hombres que lo parecen.

Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado yo por tierra sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas, cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por ciento y uno, se dijo don Eufrasio, y accedió a mi deseo de que me enseñara lenguas sabias y a leer y escribir. En poco tiempo supe yo tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los libros de la biblioteca, pues para leer me basta pasearme por encima de las letras; y en punto a escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.

Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien supo lo que hacía!

Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla de un estudiante él, yo de un mosquito.

¡Ay!, una tarde —prosiguió la mosca— me dijo el tirano: “Ea, hoy sales a paseo.”

Y me llevó consigo.

Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas lejos,” me advirtió el sabio cuando me vio apartarme de su lado. ¡Yo tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo: don Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas y se puso a merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo, con un poco de miedo a aquella soledad, me planté sobre la nariz del sabio, como en una atalaya, dispuesta a meterme en la boca entreabierta a la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros, que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado. Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas mis hermanas. ¡Ay!, en vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas, sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos corpachones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de la vida.

El sabio es el más capaz de amar a la mujer; pero la mujer es incapaz de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable a las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para tener el placer, y darlo, de encontrarse a lo mejor en el aire y caer juntos a la tierra en apretado abrazo!

Volvió a callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas, y continuó tras larga pausa:

—Nessun maggior dolore
Che ricordarsi del tempo felice
Nella misseria...

Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y de sentir miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó a mi lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus negra, y en sus alas tenía todos los colores del iris; verde y dorado era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas, y de movimientos tan seductores que equivalían a los seis pies de las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de Leucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje se hablaría a aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de qué me servía no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó a mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo en frente, casi tocando en mi cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el universo. Kalé, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió, no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos.

—Ven —me respondió, hablando en el lenguaje de mi madre—, ven al festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y a ti te escojo, porque el amor para mí es el capricho; no sé amar, sólo sé agradecer que me amen; ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de ti…

—Sí, como Galatea, ya se —dije neciamente.

—Yo no entiendo de Galateas, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto, que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fue por el aire zumbando: ¡Ven, ven!... Quise seguirla, mas no pude. El amor me había hecho vivir siglos en un minuto, no tuve fuerzas, y en vez de volar caía en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dio muerte porque aún no había llegado a la metafísica sintética.

II

La mosca de mi cuento

Tras nueva pausa prosiguió llorando:
¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía
halló dentro de sí, la luz mirando
que brilló, como siempre, al otro día!

Sí, volvimos a casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo ya de escaparme: ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño” (dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa; es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos germánicos a la mosca de mis sueños). Como el joven enfermo de Chenier, yo volví herida de amor a esta cárcel lúgubre, y sin más anhelo que ocultarme y saborear a solas aquella pasión que era imposible satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez a la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y a los juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo a los ojos de la mosca amada es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la salvación por ser en aquel momento, o grande como un Dios, o pequeño como un infusorio. De vuelta a nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en un párpado; se puso colérico. “¡Máteme usted!”, le dije.

—“¡Oh! ¡Así pudiera!, pero no puedo; el sistema no está completo. Subjetivamente podría matarte, pero falta el fundamento, falta la síntesis.”

¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la síntesis para matar! ¡Cuando yo hubiera matado a todas las moscas machos y a todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el amor, a que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de verla pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise volver a la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y valientes: La Batracomiomaquia, la Gatomaquia y, sobre todo, la Mosquea, me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz, aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar inclusive, buscaba a Zapaquilda por tejados, buhardillas y desvanes! Y aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué de aventuras no fraguaría yo en la mente loca en la exaltación del amor comprimido! Dime a pensar que era un Reinaldos o un Sigfrido o cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el mundo entero del siguiente modo: pedíle a don Eufrasio que pusiera a mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía a mis ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía pude a mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo dorado con restos de una tapa de un tintero; fue mi lanza un alfiler, y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin detenerme al dar con el Océano, como el musulmán se detuvo.

Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica, mitad verdadera: era el mundo para mí, según lo concebía Homero, y por el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario paseaba mis aventuras. Iba con los dioses a celebrar las bodas de Tetis al Océano, un río que daba vuelta a la tierra; subía a las regiones hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un castillo encerrada, a mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de guerra a mi mosca dorada, allá a las regiones fabulosas.

—“Este —le decía— fue por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aun en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que a tus pies se postra, malferido por la poderosa lanza a que tú prestas fuerza, ¡oh mosca mía! , con dársela a mi brazo por conducto del alma que te adora y vive de tu recuerdo.” Todas estas locuras y aun infinitas más, hacía yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba a Estrabón y Ptolomeo. La novela en Grecia empezó por la geografía, fueron viajeros los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma a la novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tenía una singular voluptuosidad que en ningún otro placer se encuentra, y puedo jurar a usted que aquellos meses que pasé entregado a mis viajes imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que guardo como dulces recuerdos, porque, en ellos, el alivio que sentí a mis dolores lo debí a mis propias facultades. Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es el único consuelo para las miserias del mundo; no es gran consuelo, pero es el único.

Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño, de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta. El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino en mi ayuda; levantó la pesada tapa y me dejó a mis anchas recorrer aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos los brillantes colores con que les pintó naturaleza, la turbamulta de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles, ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias láminas, donde la fantasía veía a montones argumentos para mil poemas; el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera a toda aquella orgía de tintas vivas, dulces o brillantes. ¡Llegué por fin al tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención y esmero que merecen; muchas páginas hablaban de su forma, vida y costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y familias.

Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba ansiosa, sin confesármelo a mí misma, una imagen conocida; ¡al fin!, en medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz de don Eufrasio, y desde entonces a todas las horas del día y de la noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil, como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con sus rayos sus alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna vez un retrato de su amada desdeñosa, y que a solas haya saciado en él su pasión comprimida, adivinará los excesos a que me arrojé, perdida la razón, al ver en mi poder aquella imagen fiel, exactísima, de la mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fue de pronto el atreverme a acercarme a ella; no, al principio turbéme y retrocedí como hubiera hecho a su presencia real. Un amante grosero no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí, no sólo el alma de la mosca era sagrada; también su figura, su sombra misma, hasta su recuerdo. Para atreverme a besar el castísimo bulto tuve que recurrir a mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como sí no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el miedo, y dije a la mosca pintada: “Estoy, señora, tan acostumbrado a que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es teneros tan cerca; tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que tengo miedo a las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío.” No contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que el amante necesita para no ser desairado o desabrido en sus caricias, lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en besos y en abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos.

En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos a un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, a intervalos de besos y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía: “Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué crees que la hembra no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos difíciles y sin gracia aparente, tu miedo a los moscones, tu rubor, tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oír hablar de lo que jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de ser para mí como ser divinizado por el amor; no habrá voluptuosidad más intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer.” Y a este tenor seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que yo no hacía más que llorar, llorar y besarle los pies, aún más agradecido que enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo (por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas entrañas: —¿Tu nombre? —Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie; esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía a mi amada. Bajé los ojos y leí... Musca vomitoria.

Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó y siguió hablando como se oye en la iglesia hablar a las mujeres que se confiesan. Yo, como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que de haber sido la mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así:

—¡Mosca vomitoria! Este era el nombre de mi amada. En el texto encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: “Estos jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz.” Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños a la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone, donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la peste. ¡Yo amaba a la mosca vampiro, a la mosca del Vomitorium! Yo había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas, su palacio de cristal, y en las Hespérides su jardín de recreo; ¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura, sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fue el desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén. Seguí amando ciega a la mosca vomitoría, seguí besando loca sus alas de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa historia.

Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena, y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo, así volví a la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví a estudiar; pero ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de la calma del justo, sólo me dio la calma del desesperado, engendradora de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada ni se nada del más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella yo no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las olas me arrojan desdeñosas a la orilla como cáscara vacía. Y éste es mi estado. Voy y vengo de los libros sabios a la poesía, y ni en la poesía encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que don Eufrasio llegue a la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos bebí en mal hora el afán de saber, que no trae aparejada la virtud que para tanta abnegación se necesita.

Calló la mosca, y al oír el ruido deja puerta que se abría, voló hacia un rincón de la biblioteca.

III

Don Eufrasio volvía de la Academia.

Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos medio cerrados echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vio. Ya no recordaba que me había dejado en su camarín, perfumado con todos los aromas bien olientes de la sabiduría.

Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre), diciendo así a las paredes sapientísimas que debían conocer tantos secretos:

—¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para que el animal no llegue a hablar; pero afortunadamente no se fundan en ningún dato positivo, en ninguna experiencia. ¿Dónde está el animal que comenzó a hablar? ¿Cuál fue? Esto no lo dicen, no hay prueba plena; puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la posibilidad del hecho, desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos!, esto da vueltas; ¿si estaré borracho? ¿si iré a ponerme malo? No importa, lo principal es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no puede hablar. Ja, ja, ja, ¡qué hermosa es Friné! ¡qué hermosa bestia! ¡Pues Friné habla! Bien, pero ésa no se cuenta: habla como una cotorra, y no es ése el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace: aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa!

Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca; en la petaca había una miniatura: era el retrato de Friné. Lo contempló con deleite y volvió a decir: “No, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida!”

En aquel momento la mosca sabia dejó oír su zumbido, voló, haciendo una espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de Friné.

Macrocéfalo se puso pálido, miró a la mosca con ojos que ya no arrojaban chispas, sino rayos, y dijo con voz ronca:

—¡Miserable! ¿a qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí?

—¡Como usted decía que los animales no hablan!

—No hablarás mucho tiempo, bachillera —gritó el sabio, y quiso coger entre los dedos a su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante a posarse en la petaca. “Oye —dijo a Macrocéfalo—, los animales hablan... y escriben.” Y diciendo y haciendo, sobre la piel de Rusia, al pie del retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: Musca vomitoria. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca sabia murió antes de que llegase don Eufrasio a la filosofía sintética.

Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó a ser una estalactita en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar una mosca.



Alas, Leopoldo (Clarín)
Solos de Clarín

A sugerencia del gran Misha Bies Golas
http://www.youtube.com/watch?v=a25-0lpi86M

viernes, 25 de mayo de 2012

La Baleine en Rut


LA BALEINE EN RUT



Comme elle avait suivi le poulpe et l'espadon.
Dans des mers charriant les herbes des Florides,
La baleine sentit passer par ses fanons
Le terrestre printemps et ses tiédeurs fluides.

Le soleil descendait parmi les archipels...
Elle courut dans l'or et les phosphorescences
Projetant des jets d'eaux de toute sa puissance.
Pour s'ébrouer parmi des chemins d'arc-en-ciel.

Elle voulut d'abord épouser la chaloupe
Que d'un grand élan fou poussaient les pagayeurs.
Elle approcha ses flancs onctueux de sa poupe
Et la cassa du battement de son grand cœur.

Brûlant de la chaleur d'un sexe gigantesque,
Elle voulut de sa nageoire en éventail
Étreindre une île au corps dentelé d'arabesques
De pierre, avec des seins de craie et de corail.

Elle ne put monter sur elle et dans l'eau bleue,
Cherchant éperdument une forme à saillir,
Avec le battement immense de sa queue
Essaya d'épuiser sa force et son désir.

Mais le rut de la mer vibrait au creux des anses.
Les crabes se prenaient dans leurs pinces entre eux
Et les poissons volants, ivres de jouissance,
Faisaient sur les embruns des cercles lumineux.

Des électricités baignaient le fond des criques.
Le poisson-scie aimait la torpille au long corps.
On entendait mugir les squales hystériques,
La coquille uni valve ouvrait un sexe d'or.

Et la baleine alors sentant passer sur elle
La douleur d'être seul familière aux géants,
A travers les bas-fonds aux fleurs surnaturelles
S'élança dans la nuit des abîmes béants.

Mais le peuple des flots fuyait devant sa masse.
Les polypiers fermaient leurs molles cavités.
Les poissons éperdus plongeaient dans les crevasses
Les infusoires verts éteignaient leurs clartés.

Les déserts sous-marins ont des splendeurs si vastes!
C'est là que vous dormez, coques des vaisseaux morts!
Dans cette solitude où l'on ne voit plus d'astres,
La baleine glissa par les courants du nord.

Dans les forêts de madrépores fantastiques,
Broyant avec ses flancs les perles par millions,
Brûlante, elle roula vers les pays arctiques.
Vers la mer froide où les soleils sont sans rayons.

Mais même dans les bleus d'aurore boréale,
Ne projetant que des jets d'eaux cristallisés,
Elle fondait encor les grands icebergs pâles,
Les banquises de neige avec son chaud baiser.


Maurice Magre, La montée aux enfers

jueves, 27 de octubre de 2011

The Frogs From Genesistrine



"The living things that have come down to this earth:

Attempts to preserve the system:

That small frogs and toads, for instance, never have fallen from the sky, but were—"on the ground, in the first place"; or that there have been such falls—"up from one place in a whirlwind, and down in another."

Were there some especially froggy place near Europe, as there is an especially sandy place, the scientific explanation would of course be that all small frogs falling from the sky in Europe come from that center of frogeity.

To start with, I'd like to emphasize something that I am permitted to see because I am still primitive or intelligent or in a state of maladjustment:

That there is not one report findable of a fall of tadpoles from the sky.

As to "there in the first place":

See Leisure Hours, 3-779, for accounts of small frogs, or toads, said to have been seen to fall from the sky. The writer says that all observers were mistaken: that the frogs or toads must have fallen from trees or other places overhead.

Tremendous number of little toads, one or two months old, that were seen to fall from a great thick cloud that appeared suddenly in a sky that had been cloudless, August, 1804, near Toulouse, France, according to a letter from Prof. Pontus to M. Arago. (Comptes Rendus, 3-54.)

Many instances of frogs that were seen to fall from the sky. (Notes and Queries, 8-6-104); accounts of such falls, signed by witnesses. (Notes and Queries, 8-6-190.)

Scientific American, July 12, 1873:

"A shower of frogs which darkened the air and covered the ground for a long distance is the reported result of a recent rainstorm at Kansas City, Mo."

As to having been there "in the first place":

Little frogs found in London, after a heavy storm, July 30, 1838. (Notes and Queries, 8-7-437);

Little toads found in a desert, after a rainfall (Notes and Queries, 8-8-493).

To start with I do not deny—positively—the conventional explanation of "up and down." I think that there may have been such occurrences. I omit many notes that I have upon indistinguishables. In the London Times, July 4, 1883, there is an account of a shower of twigs and leaves and tiny toads in a storm upon the slopes of the Apennines. These may have been the ejectamenta of a whirlwind. I add, however, that I have notes upon two other falls of tiny toads, in 1883, one in France and one in Tahiti; also of fish in Scotland. But in the phenomenon of the Apennines, the mixture seems to me to be typical of the products of a whirlwind. The other instances seem to me to be typical of—something like migration? Their great numbers and their homogeneity. Over and over in these annals of the damned occurs the datum of segregation. But a whirlwind is thought of as a condition of chaos—quasi-chaos: not final negativeness, of course—

Monthly Weather Review, July, 1881:

"A small pond in the track of the cloud was sucked dry, the water being carried over the adjoining fields together with a large quantity of soft mud, which was scattered over the ground for half a mile around."

It is so easy to say that small frogs that have fallen from the sky had been scooped up by a whirlwind; but here are the circumstances of a scoop; in the exclusionist-imagination there is no regard for mud, débris from the bottom of a pond, floating vegetation, loose things from the shores—but a precise picking out of frogs only. Of all instances I have that attribute the fall of small frogs or toads to whirlwinds, only one definitely identifies or places the whirlwind. Also, as has been said before, a pond going up would be quite as interesting as frogs coming down. Whirlwinds we read of over and over—but where and what whirlwind? It seems to me that anybody who had lost a pond would be heard from. In Symons' Meteorological Magazine, 32-106, a fall of small frogs, near Birmingham, England, June 30, 1892, is attributed to a specific whirlwind—but not a word as to any special pond that had contributed. And something that strikes my attention here is that these frogs are described as almost white.

I'm afraid there is no escape for us: we shall have to give to civilization upon this earth—some new worlds.

Places with white frogs in them.

Upon several occasions we have had data of unknown things that have fallen from—somewhere. But something not to be overlooked is that if living things have landed alive upon this earth—in spite of all we think we know of the accelerative velocity of falling bodies—and have propagated—why the exotic becomes the indigenous, or from the strangest of places we'd expect the familiar. Or if hosts of living frogs have come here—from somewhere else—every living thing upon this earth may, ancestrally, have come from—somewhere else.

(...)

They came from Genesistrine.

There's no escape from it. We'll be persecuted for it. Take it or leave it—

Genesistrine.

The notion is that there is somewhere aloft a place of origin of life relatively to this earth. Whether it's the planet Genesistrine, or the moon, or a vast amorphous region super-jacent to this earth, or an island in the Super-Sargasso Sea, should perhaps be left to the researches of other super—or extra—geographers. That the first unicellular organisms may have come here from Genesistrine—or that men or anthropomorphic beings may have come here before amoebae: that, upon Genesistrine, there may have been an evolution expressible in conventional biologic terms, but that evolution upon this earth has been—like evolution in modern Japan—induced by external influences; that evolution, as a whole, upon this earth, has been a process of population by immigration or by bombardment. Some notes I have upon remains of men and animals encysted, or covered with clay or stone, as if fired here as projectiles, I omit now, because it seems best to regard the whole phenomenon as a tropism—as a geotropism—probably atavistic, or vestigial, as it were, or something still continuing long after expiration of necessity; that, once upon a time, all kinds of things came here from Genesistrine, but that now only a few kinds of bugs and things, at long intervals, feel the inspiration.

Not one instance have we of tadpoles that have fallen to this earth. It seems reasonable that a whirlwind could scoop up a pond, frogs and all, and cast down the frogs somewhere else: but, then, more reasonable that a whirlwind could scoop up a pond, tadpoles and all—because tadpoles are more numerous in their season than are the frogs in theirs: but the tadpole-season is earlier in the spring, or in a time that is more tempestuous. Thinking in terms of causation—as if there were real causes—our notion is that, if X is likely to cause Y, but is more likely to cause Z, but does not cause Z, X is not the cause of Y. Upon this quasi-sorites, we base our acceptance that the little frogs that have fallen to this earth are not products of whirlwinds: that they came from externality, or from Genesistrine.

I think of Genesistrine in terms of biologic mechanics: not that somewhere there are persons who collect bugs in or about the last of January and frogs in July and August, and bombard this earth, any more than do persons go through northern regions, catching and collecting birds, every autumn, then casting them southward.

But atavistic, or vestigial, geotropism in Genesistrine—or a million larvae start crawling, and a million little frogs start hopping—knowing no more what it's all about than we do when we crawl to work in the morning and hop away at night.

I should say, myself, that Genesistrine is a region in the Super-Sargasso Sea, and that parts of the Super-Sargasso Sea have rhythms of susceptibility to this earth's attraction.


Charles Fort
The Book of the Damned

miércoles, 26 de octubre de 2011

Nos ancêtres, les grenouilles...




Dans les diverses couches terrestres, on a retrouvé des traces d’animaux incrustées dans la pierre, et des ossements. On a ainsi reconnu que la vie commença dans les eaux et que les poissons furent les premiers créés, puis vinrent les insectes et divers genres de batraciens ou grenouilles, ensuite les serpents et enfin
les oiseaux et les mammifères.

La terre porte l’empreinte irrécusable que nos grenouilles actuelles ont eu, au commencement du monde, un développement extraordinaire qui ne s’est pas maintenu.

Le corps de l’homme avant de naître, passe par les divers états qu’a parcourus l’homme éternel. Il est têtard dans la semence de son père. Dans le sein de sa mère, le sexe se forme après l’ouverture anale, et pendant une période il ne se différencie
point extérieurement ; encore à la naissance on confond quelquefois la fille et le garçon ; même il se trouve des personnes qui n’ont point de sexe et qui évacuent tout par l’anus comme la grenouille.

D’après la fable païenne, le plus ancien des dieux est Uranus. Ure anus désigne l’être qui urine par l’anus. L’urètre ou ure-être est l’être primitif.

Les sages nous ont déjà taxé de folie, car nous faisons connaître les choses qui paraissent folie et dont ils sont confondus et confus. Ces vérités les écrasent et ils ne peuvent les combattre. Nos analyses montrent ce qui a été dit et fait, et
aussi ce qui n’a été ni dit ni fait, mais aurait pu l’être.

Les Cris de la Grenouille

Vers l’âge de onze ans, nous avions surpris une grenouille et avec la méchanceté du garnement, nous l’écrasions avec une tige de bois appuyée sur son ventre, quand la pauvre bête étendant tout à coup les jambes et les bras nous frappa de stupéfaction.

Nous nous baissâmes pour mieux voir : on dirait une personne... et nous nous en allâmes étonné, tout pensif et repentant de notre barbarie, car il n’y a pas à dire, aucun animal ne possède une grâce corporelle, du talon au cou, qui le rapproche autant de celle du corps humain.

Un jour que nous observions ces jolies petites bêtes, en répétant nous-même ce cri : coac, l’une d’elles nous répondit, les yeux interrogateurs et brillants, par deux ou trois fois coac. Il nous était clair qu’elle disait : coac, quoi que tu dis ? Un autre jour nous vîmes un mâle, qui avait par trois fois manqué son accouplement, tourner le dos complètement, avec un dépit marqué à la petite femelle trop remuante.

À l’époque des amours, elles s’assemblent en troupe, avec des chants sans fin ni arrêt, mais aussi entremêlés de silences : coaque, coèque, coéque. Le dictionnaire Larousse leur attribue les cris : Brekekex, coax et ololo. Au l’eau lo égale Là à l’eau. Au lolo est un appel enfantin à boire du lait et l’eau est le premier lait.

Les collages se font pour plusieurs jours, car bien que n’ayant pas de sexe, ces petits animaux se mettent l’un sur l’autre pour lâcher leur frai dans l’eau où éclosent les têtards. À cette époque le mâle fait entendre vigoureusement le cri : Que r’ai ait, que rere ai haut, coeur ai haut, où l’on peut voir l’origine créo, du verbe créer.

Jean-Pierre Brisset
La Grande Nouvelle ou comment l´homme descend de la grenouille

lunes, 10 de octubre de 2011

Rin Rin Renacuajo



El hijo de rana, Rinrín renacuajo

Salió esta mañana muy tieso y muy majo

Con pantalón corto, corbata a la moda

Sombrero encintado y chupa de boda.



-¡Muchacho, no salgas¡- le grita mamá

pero él hace un gesto y orondo se va.



Halló en el camino, a un ratón vecino

Y le dijo: -¡amigo!- venga usted conmigo,

Visitemos juntos a doña ratona

Y habrá francachela y habrá comilona.



A poco llegaron, y avanza ratón,

Estírase el cuello, coge el aldabón,

Da dos o tres golpes, preguntan: ¿quién es?

-Yo doña ratona, beso a usted los pies



¿Está usted en casa? -Sí señor sí estoy,

y celebro mucho ver a ustedes hoy;

estaba en mi oficio, hilando algodón,

pero eso no importa; bienvenidos son.



Se hicieron la venia, se dieron la mano,

Y dice Ratico, que es más veterano :

Mi amigo el de verde rabia de calor,

Démele cerveza, hágame el favor.



Y en tanto que el pillo consume la jarra

Mandó la señora traer la guitarra

Y a renacuajo le pide que cante

Versitos alegres, tonada elegante.



-¡Ay! de mil amores lo hiciera, señora,

pero es imposible darle gusto ahora,

que tengo el gaznate más seco que estopa

y me aprieta mucho esta nueva ropa.



-Lo siento infinito, responde tía rata,

aflójese un poco chaleco y corbata,

y yo mientras tanto les voy a cantar

una cancioncita muy particular.



Mas estando en esta brillante función

De baile y cerveza, guitarra y canción,

La gata y sus gatos salvan el umbral,

Y vuélvese aquello el juicio final



Doña gata vieja trinchó por la oreja

Al niño Ratico maullándole: ¡Hola!

Y los niños gatos a la vieja rata

Uno por la pata y otro por la cola



Don Renacuajito mirando este asalto

Tomó su sombrero, dio un tremendo salto

Y abriendo la puerta con mano y narices,

Se fue dando a todos noches muy felices



Y siguió saltando tan alto y aprisa,

Que perdió el sombrero, rasgó la camisa,

se coló en la boca de un pato tragón

y éste se lo embucha de un solo estirón



Y así concluyeron, uno, dos y tres

Ratón y Ratona, y el Rana después;

Los gatos comieron y el pato cenó,

¡y mamá Ranita solita quedó!


(Rafael Pombo)

miércoles, 29 de junio de 2011

The Eel Question


History recites an incident in which eels played the part of an executioner. The sentence a rich Roman, Vedius Pollio, passed upon his offending slaves was, ' Away to the Muramge. ' Slave-fattened eels were a Roman delicacjr, and there was probably more gastronomy than justice in this edict. Ever since, and long before, for that matter, eels have occupied a unique and conspicuous place in popular interest.
For the antiquity of their history, for the diversity of roles they have played, for the many-sidedness of their career and in their importance, eels rival any group of animals below the sons of Adam.

If one were to follow eels — meaning here the common eel and not the lamprey, the Murcena, or the conger, which have histories of their own — backward in literature, the journey would probably reach the dawn of history. It would be difficult to say where they first entered written records, but that they have ever been the subject of curious attention is apparent. While they doubtless first engaged man's interest
by way of his stomach, they were early found worthy of his intellect. Aristotle, wise man of the first European civilization, who explained all things, discoursed wisely and ponderously of eels, and the eel question may be said to have begun with him and his contemporaries. Three thousand years have passed, Aristotle is gone, but the eels and the eel question are still with us and the wise men of our century still concern themselves with both.

What is here called the eel question is one upon which the last word will not be said for some time to come. But it has changed its form and we have it upon a rather firmer foundation than that of the ancients. It began in the mystery attaching to the generation of eels. They were as the leaves of the trees for numbers; but the course of nature in reproducing other creatures each after its own kind did not
seem to be exemplified in eels. Hence the mystery. ' Eel-spawn ' was of the same material as a mare's nest and pigeon's milk.

The teachings on the subject were various. They were the offspring of Jove. This belief, however, originated in the humorous reflection of a Greek poet to the effect that as children of uncertain paternity were ascribed to Jupiter, he must be the progenitor of eels. They were said to be bred of the mud; of decaying bodies in the water; from dew, of a particular sort and falling in certain places ; from the transformation of horse-hairs, and from electrical disturbances. A reverend bishop
once communicated to the Eoyal Society a contribution on the subject of the origin of eels which in substance averred that he had seen young eels on the thatching of a cottage and that the eggs were adhering to the reeds of the thatching before they were cut, and were finally hatched on the roof by the heat of the sun. Helmont, an ancient writer, is specific and gives a recipe for producing eels. Two pieces of turf with May dew upon them were to be taken and the grassy sides apposed and placed
in the sun. After a few hours an 'infinite quantity of eels' were generated. Helmont doubtless felt so sure of this that he regarded trying it a superfluous inconvenience, having no use for young eels. In the ' Piscatory Eclogues ' is a reference in the same strain :

Say, canst thou tell how worms of moisture breed,
Or pike are gendered of the pickrel weed?
How carp without the parent seed renew
Or slimy eels are formed of genial dew?

Aristotle wrote : ' The eel is neither male nor female and is procreated from nothing.' He explained that they were produced from the slime of their bodies, which they scraped off against the pebbles or stones or by contact with each other in their sinuous migrations. This sounds fishy to the twentieth century, but it is easy to see that to Aristotle there should be something in it. There was the slime — that was evident enough. It was purposive in amount, it gave the slipperiness to a creature which is notoriously slippery. The remarkable abundance of eels required a theory of reproduction on a grand scale. And as for their rubbing together, a mass of wriggling and intertwining eels, the well-known 'eel-ball,' suggested nothing more strongly. What more simple and, for those times, natural !

Now there is a curious mixture of stumbling truth and preposterous error in the development of the eel question from this time forward. There was another teaching concerning the source of eels. Some who examined them discovered many small worm-like creatures in their internal machinery and insisted that these were the young and were produced alive from the parent eel — that is, that the eel was viviparous. This was certainly a much more natural and credible explanation, but
it was scorned by Aristotle and Aristotle was correct. He said they were not eels, but were worms, and modern observations sufficiently uphold him. Yet the contrary opinion was held by the scientists of the middle ages, and names which are written high and imperishably on the scroll of fame subscribed to it. Leeuwenhoek, the discoverer of bacteria, and the renowned Linnaeus believed that eels were not
spawned and hatched but were born.

This idea, entirely erroneous, was corroborated later by a correct observation. This time it was in another direction that the investigator came to grief — so slippery was the eel question. He was not examining an eel, but an eel-pout, a fish very far removed from the eel, but so resembling it externally that the ichthyologists have, for a specific name, called it anguillaris, eel-like. And it has been popularly known as 'mother-of-eels. ' This eel-like fish is really viviparous, it produces its
young alive, and they resemble small eels. The learned doctor thought he had solved the eel question. But he hadn't. To add to the confusion, another authority reviewed this work on the eel-pout and decided, being influenced by the previous real mistakes of the same nature, that tbe supposed young eels were only worms. This was plausible, yet he was wrong, for they were undoubtedly legitimate little eel-pouts, mistaken for little eels. Every one, it appears, who took up the question, managed from a basis of truth to reach a wrong conclusion.

Aristotle held that eels were also produced from the ' bowels of the earth,' by which he meant nothing more than common earthworms, which he curiously conceived to be thus related to Mother Earth. Other opinion maintained that eels were the offspring not of eels, but of other kinds of fishes, or of animals that were not even fishes. This heterodoxy was too much for Aristotle, but to this day is prevalent in some form among eel fishermen in various parts of the world. As for
instance, that the ' aal-mutter' referred to, the eel-pout, really produces eels; that eels pair with water snakes; and in Sardinia that the well-known Dytiscus beetle is responsible for eels.

If these conflicting theories seem to us a ludicrous and amusing hodge-podge, it must not be forgotten that they were the wisdom of bygone days. Out of them the eel question resolved itself into a serious problem which interested the whole biological world, and to which the first talent in science addressed itself and on which voluminous and pretentious treatises appeared. Buffon, the naturalist, remarked that he considered the question of the generation of eels one of the most puzzling in natural history. Very appropriately it remained for the century of Isaac Walton to first assert that eels were not the subjects of a special dispensation for their replenishment, and that the mystery of their generation was the same mystery that envelops the rest of the kingdom of life. This not very brilliant announcement seems to have been put forth as a purely academic deduction. There were no observations in the modern sense, and the author of the ' Compleat Angler ' was not particularly enthusiastic over it. He merely mentions it without subscribing, and says : ' But most men differ about their breeding,' and then after citing at some length what ' some say ' and ' others say, ' remarks : ' But that eels may be bred as some worms, and some kinds of bees and wasps are, either of dew or out of the corruption of the earth, seems to be made probable by the barnacles and young goslings bred by the sun's heat and the rotten planks of an old ship, and hatched of trees.'

The passing of Aristotelianism and the revival of the sciences, in the sixteenth century, was the occasion of this renewed interest in eels. It was not, however, until the eighteenth century that sex in eels was definitely recognized. Sancassini, a surgeon of Comacchio, in Italy, visited the eel fisheries at that famous place of eels, and chancing to be struck with the appearance of a large one, his professional instinct led him to use his knife. The result caused him to send it to Vallisneri at the University of Padua, who recognized with enthusiasm the true ova and forthwith communicated this fact to the Academy at Bologna. Vallisneri has since been appropriately honored by the bestowal of his name upon a water plant well known to all —eel-grass. But the immediate effect of his announcement was an eel controversy. Eels became the burning topic of the hour among the professors, the best-known names of the time are associated with the discussion, and Bologna became the storm-center of the eel question.

Another specimen similar to the first increased the agitation. But Valsalva, of anatomical fame, showed that there were certain appearances in almost any fat and well-favored eel that strongly simulated what Vallisneri had described, and in brief, hinted that the alleged eggs were globules of uninteresting adipose. . An enthusiast offered a reward for an eel that should contain undoubted eggs. Of course he got it. His joy was short-lived, for a critical inspection showed that mercenary
considerations had led the fisherman to fill the specimen with foreign eggs. This irreverence, and at this juncture, disturbed the seriousness of the situation and the eel question slumbered for over half a century. Then, again from Comacchio — whence emanated many of the errors and the final truth — another eel falling into initiated hands marked the crisis in the eel question. Among these privileged ones was the famous Galvani, and in grave council assembled, he agreed with the others that it was the counterpart of Vallisneri 's historic eel of seventy years before, and was a precious specimen and must be sent to the naturalist Mondini. And Mondini, in a publication which is classical, first described in accurate terms the female eel, and lifted the eel question out of the uncertain field of speculation to a basis of solid fact.

Not immediately, however. Spallanzani a few years after visited the Comacchio region for the sole purpose of studying eels and reported a negative to Mondini 's observations, which accordingly suffered a nearly total eclipse lasting many years. In 1850 Bathke was able to describe an eel in full roe, the first that ever came into the hands of an investigator, the eggs of Mondini's eel being immature. This important event was the final blow that settled the sex question as far as eels are concerned. Over twenty years afterward, however, the German Fishery Association in Berlin was led by renewed interest in eels, due to the stimulus of Syrski's work on the male eel," to offer a reward of fifty marks for an eel in full roe. The eel was to be submitted to Professor Virchow, and the royal superintendent of fisheries
undertook to forward the responses. It seems that about every German newspaper ' from the Ehine to the Vistula and from the Alps to the sea,' gave publicity, with a result creditable to them, but overwhelming to the royal superintendent.

His delight at the popular interest in eels was succeeded by astonishment and that by horror. His postal expenses compelled him to announce that all eels and communications should be forwarded direct to Virchow. The public complied and the
great German savant was obliged to cry enough and beg for mercy. People wrote and sent their specimens, parts of eels, contents of eels, thread worms from eels and above all, stories of eels and of eggs in eels, but seldom an eel intact and none in the desired condition. They usually ate the eel and sent various and often irrelevant portions of its anatomy, with a request that the fifty marks be remitted by return mail. If this prize contest had no scientific results, it contributed to
the merriment of the German nation. The comic papers cartooned the incidents and announced that in the future the scientists desired only smoked eels.

(...)

The Greeks and Romans seem to be first in their regard for the eel, and many tales come down to us of the esteem in which he was held in their ancient times. The Romans cultivated eels, tamed them, made pets of them; and the orator, Hortensius, rival of Cicero, wept bitterly at the death of his favorite mursena. They even sacrificed their slaves to the eel ponds, a practice quite possible to men who plundered nature to serve peacocks' brains and parrots' tongues at their tables.
The Egyptians are said by one account to have abhorred eels utterly, but it is certain that at one time eel-worship shows them to have also judged the eel to rank with the gods. The Scotch taboo the eel entirely, while the Hebrew race placed it under the ban which applies to scaleless creatures of the fish tribe. The conger eel is scaleless, but the common eel does not deserve this calumny, for its minute oblong scales, curiously arranged in groups instead of imbricated regularly as in the common fishes, are easily seen on careful inspection. The ancient Anglo-Saxon, on the other hand, was passionately fond of eels, which passed current as a medium of exchange. The race has always been partial to them and Londoners of to-day consume them in great quantities. Some ancient peoples used them in sacred offerings. Terracina, a seaport of Italy, being besieged by the Turks, the inhabitants vowed twenty thousand eels per annum to St. Benedict. The account relates that a 'fond memory of stewed eels' touched the saint and the siege was raised. He got his eels, and the Benedictine monks have been accustomed to render the yearly tribute to their saintly patron.

(...)
The eel seems to have taken its name, and in more languages than one, from its suggestion of the snake. The Anglo-Saxon aal is derived from the Finnish for slimy, while the scientific name is the Latin for snake, Anguilla. Many English names of places are compounded of eel — witness Elmore, Ellesmere, and Ely. Of the latter
Fuller, in ' Worthies of Cambridgeshire, ' has this illuminating explanation: ''When the priests of this part of the country would still retain their wives in spite of whatever the pope and monks could do to the contrary, their wives and children were miraculously turned into eels, whence it had the name Ely. I consider this a lie." Like other objects of popular interest which include elements of mystery, eels are
the subject of the most extravagant tales. Some of these are quite analogous to the threadbare story of the live frog found in the interior of a solid rock. A New England paper some years ago heralded that 'a live and active eel, a few days since, was dug out from a depth of five feet in the soil of Exeter, New Hampshire.' Doubtless this eel is exhumed annually. The tenacity of life of frogs and eels affords the starting point for these legends. Likewise to the voracity of eels may
we credit an ancient chronicle that in England a few of them were one dark night observed to consume entirely a stack of hay. It may be in a spirit of emulation that some German carp — importation of the Government — artificially transplanted to the pond of a western farmer, came out one night and ate up the crop of buckwheat on a neighboring field. Elvers are reported to climb trees and the tale might not be
incredible, provided any imaginable reason for such conduct could be assigned, for by their persistence they sometimes ascend the perpendicular barrier of a dam a short distance. This they accomplish by the partial drying of those that first essay the ascent, which therefore stick to the boards and afford a slight foothold for the next comers, which wriggle a little higher and then in turn stick fast and perish.

These stories might be multiplied ad nauseam, but more interesting are a few facts about the symbolic significance of the eel. His slipperiness long ago passed into a proverb. Among the pictorial writings of the Egyptians the representation of an eel held by the tail denoted 'a man vainly pursuing a fugitive object. ' A Greek expression of similar import reads, 'You've an eel by the tail.' It is not so well known that an eel figures also in an emblem of quite opposite meaning — certainty
instead of uncertainty. It is quite impossible to hold one in any ordinary clutch of the hand. The intervention of a fig leaf, however, makes the grasp secure, and the Egyptians depicted an eel rolled up in a fig leaf when they wished to express certainty regarding things that were a -priori uncertain.


EELS AND THE EEL QUESTION.
By M. C. MARSH,
U. S. COMMISSION OF FISH AND FISHERIES.
1902

sábado, 28 de mayo de 2011

The Rat Ghost



"When he had finished his supper, and lifted the tray to the other end of the great oak dining-table, he got out his books again, put fresh wood on the fire, trimmed his lamp, and set himself down to a spell of real hard work. He went on without pause till about eleven o'clock, when he knocked off for a bit to fix his fire and lamp, and to make himself a cup of tea. He had always been a tea-drinker, and during his college life had sat late at work and had taken tea late. The rest was a great luxury to him, and he enjoyed it with a sense of delicious, voluptuous ease. The renewed fire leaped and sparkled, and threw quaint shadows through the great old room; and as he sipped his hot tea he revelled in the sense of isolation from his kind. Then it was that he began to notice for the first time what a noise the rats were making.

"Surely," he thought, "they cannot have been at it all the time I was reading. Had they been, I must have noticed it!" Presently, when the noise increased, he satisfied himself that it was really new. It was evident that at first the rats had been frightened at the presence of a stranger, and the light of fire and lamp; but that as the time went on they had grown bolder and were now disporting themselves as was their wont.

How busy they were! and hark to the strange noises! Up and down behind the old wainscot, over the ceiling and under the floor they raced, and gnawed, and scratched! Malcolmson smiled to himself as he recalled to mind the saying of Mrs. Dempster, "Bogies is rats, and rats is bogies!" The tea began to have its effect of intellectual and nervous stimulus, he saw with joy another long spell of work to be done before the night was past, and in the sense of security which it gave him, he allowed himself the luxury of a good look round the room. He took his lamp in one hand, and went all around, wondering that so quaint and beautiful an old house had been so long neglected. The carving of the oak on the panels of the wainscot was fine, and on and round the doors and windows it was beautiful and of rare merit. There were some old pictures on the walls, but they were coated so thick with dust and dirt that he could not distinguish any detail of them, though he held his lamp as high as he could over his head. Here and there as he went round he saw some crack or hole blocked for a moment by the face of a rat with its bright eyes glittering in the light, but in an instant it was gone, and a squeak and a scamper followed. The thing that most struck him, however, was the rope of the great alarm bell on the roof, which hung down in a corner of the room on the right-hand side of the fireplace. He pulled up close to the hearth a great high-backed carved oak chair, and sat down to his last cup of tea. When this was done he made up the fire, and went back to his work, sitting at the corner of the table, having the fire to his left. For a little while the rats disturbed him somewhat with their perpetual scampering, but he got accustomed to the noise as one does to the ticking of a clock or to the roar of moving water, and he became so immersed in his work that everything in the world, except the problem which he was trying to solve, passed away from him.

He suddenly looked up, his problem was still unsolved, and there was in the air that sense of the hour before the dawn, which is so dread to doubtful life. The noise of the rats had ceased. Indeed it seemed to him that it must have ceased but lately and that it was the sudden cessation which had disturbed him. The fire had fallen low, but still it threw out a deep red glow. As he looked he started in spite of his sang froid.

There on the great high-backed carved oak chair by the right side of the fireplace sat an enormous rat, steadily glaring at him with baleful eyes. He made a motion to it as though to hunt it away, but it did not stir. Then he made the motion of throwing something. Still it did not stir, but showed its great white teeth angrily, and its cruel eyes shone in the lamplight with an added vindictiveness.

Malcolmson felt amazed, and seizing the poker from the hearth ran at it to kill it. Before, however, he could strike it, the rat, with a squeak that sounded like the concentration of hate, jumped upon the floor, and, running up the rope of the alarm bell, disappeared in the darkness beyond the range of the green-shaded lamp. Instantly, strange to say, the noisy scampering of the rats in the wainscot began again.

By this time Malcolmson's mind was quite off the problem; and as a shrill cock-crow outside told him of the approach of morning, he went to bed and to sleep.

(...)

This evening the scampering of the rats began earlier; indeed it had been going on before his arrival, and only ceased whilst his presence by its freshness disturbed them. After dinner he sat by the fire for a while and had a smoke; and then, having cleared his table, began to work as before. Tonight the rats disturbed him more than they had done on the previous night. How they scampered up and down and under and over! How they squeaked, and scratched, and gnawed! How they, getting bolder by degrees, came to the mouths of their holes and to the chinks and cracks and crannies in the wainscoting till their eyes shone like tiny lamps as the firelight rose and fell. But to him, now doubtless accustomed to them, their eyes were not wicked; only their playfulness touched him. Sometimes the boldest of them made sallies out on the floor or along the mouldings of the wainscot. Now and again as they disturbed him Malcolmson made a sound to frighten them, smiting the table with his hand or giving a fierce "Hsh, hsh," so that they fled straightway to their holes.

And so the early part of the night wore on; and despite the noise Malcolmson got more and more immersed in his work.

All at once he stopped, as on the previous night, being overcome by a sudden sense of silence. There was not the faintest sound of gnaw, or scratch, or squeak. The silence was as of the grave. He remembered the odd occurrence of the previous night, and instinctively he looked at the chair standing close by the fireside. And then a very odd sensation thrilled through him.

There, on the great old high-backed carved oak chair beside the fireplace sat the same enormous rat, steadily glaring at him with baleful eyes.

Instinctively he took the nearest thing to his hand, a book of logarithms, and flung it at it. The book was badly aimed and the rat did not stir, so again the poker performance of the previous night was repeated; and again the rat, being closely pursued, fled up the rope of the alarm bell. Strangely too, the departure of this rat was instantly followed by the renewal of the noise made by the general rat community. On this occasion, as on the previous one, Malcolmson could not see at what part of the room the rat disappeared, for the green shade of his lamp left the upper part of the room in darkness, and the fire had burned low.

On looking at his watch he found it was close on midnight; and, not sorry for the divertissement, he made up his fire and made himself his nightly pot of tea. He had got through a good spell of work, and thought himself entitled to a cigarette; and so he sat on the great oak chair before the fire and enjoyed it. Whilst smoking he began to think that he would like to know where the rat disappeared to, for he had certain ideas for the morrow not entirely disconnected with a rat-trap. Accordingly he lit another lamp and placed it so that it would shine well into the right-hand corner of the wall by the fireplace. Then he got all the books he had with him, and placed them handy to throw at the vermin. Finally he lifted the rope of the alarm bell and placed the end of it on the table, fixing the extreme end under the lamp. As he handled it he could not help noticing how pliable it was, especially for so strong a rope, and one not in use. "You could hang a man with it," he thought to himself. When his preparations were made he looked around, and said complacently:

"There now, my friend, I think we shall learn something of you this time!" He began his work again, and though as before somewhat disturbed at first by the noise of the rats, soon lost himself in his propositions and problems.

Again he was called to his immediate surroundings suddenly. This time it might not have been the sudden silence only which took his attention; there was a slight movement of the rope, and the lamp moved. Without stirring, he looked to see if his pile of books was within range, and then cast his eye along the rope. As he looked he saw the great rat drop from the rope on the oak armchair and sit there glaring at him. He raised a book in his right hand, and taking careful aim, flung it at the rat. The latter, with a quick movement, sprang aside and dodged the missile. He then took another book, and a third, and flung them one after another at the rat, but each time unsuccessfully. At last, as he stood with a book poised in his hand to throw, the rat squeaked and seemed afraid. This made Malcolmson more than ever eager to strike, and the book flew and struck the rat a resounding blow. It gave a terrified squeak, and turning on his pursuer a look of terrible malevolence, ran up the chair-back and made a great jump to the rope of the alarm bell and ran up it like lightning. The lamp rocked under the sudden strain, but it was a heavy one and did not topple over. Malcolmson kept his eyes on the rat, and saw it by the light of the second lamp leap to a moulding of the wainscot and disappear through a hole in one of the great pictures which hung on the wall, obscured and invisible through its coating of dirt and dust.

"I shall look up my friend's habitation in the morning," said the student, as he went over to collect his books. "The third picture from the fireplace; I shall not forget." He picked up the books one by one, commenting on them as he lifted them. "Conic Sections he does not mind, nor Cycloidal Oscillations, nor the Principia, nor Quaternions, nor Thermodynamics. Now for the book that fetched him!" Malcolmson took it up and looked at it. As he did so he started, a sudden pallor overspread his face. He looked round uneasily and shivered slightly, as he murmured to himself:

"The Bible my mother gave me! What an odd coincidence." He sat down to work again, and the rats in the wainscot renewed their gambols. They did not disturb him, however; somehow their presence gave him a sense of companionship. But he could not attend to his work, and after striving to master the subject on which he was engaged gave it up in despair, and went to bed as the he first streak of dawn stole in through the eastern window.




(...)

"Now tell us all that you noticed in the old house," and so Malcolmson then and there told in minute detail all that had happened in the last two nights. He was interrupted every now and then by some exclamation from Mrs. Witham, till finally when he told of the episode of the Bible the landlady's pent-up emotions found vent in a shriek; and it was not till a stiff glass of brandy and water had been administered that she grew composed again. Dr. Thornhill listened with a face of growing gravity, and when the narrative was complete and Mrs. Witham had been restored he asked:

"The rat always went up the rope of the alarm bell?"

"Always."

"I suppose you know," said the doctor after a pause, "what the rope is?"

"No!"

"It is," said the doctor slowly, "the very rope which the hangman used for all the victims of the Judge's judicial rancour!"

Bram Stoker
The Judge´s House

miércoles, 25 de mayo de 2011

Ratopolis




La ville des Rats


Un grand péril nous menace; notre existence pend à un cheveu. D'un moment à l'autre, nous pouvons être mangés tout vifs, et nous réveiller le matin parfaitement débarrassés d'yeux, de peau, de graisse, de chair, avec des os nettoyés, blanchis, brossés, prêts à recevoir des chevilles et des charnières de cuivre poûr aller figurer dans l'armoire vitrée d'un cabinet anatomique.

Voilà notre position....

Et pourtant l'on continue à se promener sur le boulevard de Gand , à boire du porter, à prendre des glaces chez Tortoni, à ne pas aller au Gymnase, à lire les feuilletons de Karr et les histoires de Méry. Les journaux quotidiens paraissent tous les jours, et les journaux hebdomadaires ne paraissent jamais. Les tigresses et les lions se pavanent aux avant-scènes, comme de coutume ; rien n'est changé dans la vie parisienne; personne ne semble avoir la conscience de sa mort future.

Plus insouciants que les Napolitains, qui dansent sur te bord du volcan, nous nous abandonnons au flot des voluptés mondaines, sans penser un instant que nous sommes exposés au sort de Ladistas, roi de Pologne, qui fut dévoré par les rais, ainsi qu'on le peut voir au livre des histoires prodigieuses.

La cinquième plaie d'Egypte va tomber un de ces jours sur nous.

Le Vésuve est près de Naples, mais Montfaucon est près de Paris. La Babylone moderne ne sera pas foudroyée comme la tour de Lylacq , submergée comme la Pentapole par un lac de bitume (Dez-Maurel et Cie), ni ensablée comme Thèbes; elle sera tout simplement dépeuplée et détruite de fond en combje par les rats de Montfaucon.

Des légions innombrables de rats vont descendre en noires colonnes sur Paris, miner les fondations des bâtiments, et les faire écrouler sur les rares habitants qu'ils n'auront pas encore dévorés.

Cette terrible invasion arrivera le jour où l'on transportera la voirie dans son palais de la plaine des Vertus; alors auront lieu dans Paris des anthropomyomacthies dignes d'un nouvel Homère. Tous ces rats, plus sensuels que le rat d'Horace, qui font à Montfaucon des déjeuners de Balthazar, comme dil Bilboquet, manquant soudain de pâture, viendront à Paris manger de l'homme à défaut de cheval.

Les rats de Montfaucon ne sont point des rats ordinaires; l'abondance et la qualité de la nourriture les a développés prodigieusement; ce sont dis rats herculéens, énormes, gros comme des éléphants, féroces comme des tigres, avec des dents d'acier et des griffes de fer; des rats qui ne font qu'une bouchée d'un chat, ou tout au plus deux; les champs qu'ils traversent sont ternissés et battus comme s'il y avait passé une armée avec artillerie, bagages, caissons et forges de campagne; la glaise qu'ils emportent avec leurs pattes donne à ces sentiers une couleur verdâtre qui les fait distinguer des autres chemins : ces routes, aussi unies que si elles étaient macadamisées, aboutissent à des ratopolis souterraines, à d'immenses terriers où fourmillent d'innombrables populations rongeantes et dévorantes.

Si, par malheur, un ivrogne attardé s'endormait près d'une de ces villes de rats, le lendemain, il ne resterait de lui que ses dents et les clous de ses souliers : aussi les habitants de l'endroit se veillentils les uns les autres, et ne dorment-ils que chacun leur tour : sans cela les rats viendraient leur grignoter les pieds pendant la nuit et leur ronger les tendons. Aucune bâtisse un peu solide n'est possible sur ce terrain fouillé, bouleversé, miné, contreminé par ces formidables animaux; en moins de rien, les fondations d'une maison sont criblées de trous, comme des planches à bouteilles ou des truelles à poisson: on se couche avec quatre murs, et le malin, il y en a trois de fondus; la fenêtre du premier étage se trouve au niveau du rez-dechaussée , et vous peut servir de porte; pour obvier à ce désagrément, on ne bâtit que sur un lit do tessons de bouteilles, où messieurs les rats se coupent les babines et se déchirent les pattes.

De temps à autre, vingt ou trente pieds de colline s'écroulent et font ce que les habitants appetlent un coup de cloche : tant pis pour ceux qui sont dessous; ceux qui sont dessus n'ont pas une position beaucoup plus agréable. C'est encore l'ouvrage de ces messieurs.

La croûte extérieure ne tient que par les racines des plantes. La couche intérieure est déchiquetée et vermiculée comme un polypier marin. Quand la voirie sera déplacée, ce joli travail s'exéculeni sous Paris, qui a déjà bien assez de catacombes.

On a essayé tous les moyens pour détruire celle vermine, mais inutilement. Les rats ont la vie dure; l'arsenic, la mort aux rats, ne fait que leur tenir le ventre libre et leur exciter l'appétit. Ainsi purgés, ils mangent davantage et vivent plus longtemps . Les souricières sont un artifice mesquin, bon pour les rats isolés qui se laissent prendre au maigre appât d'un morceau de lard rance : il faudrait faire une levée de cinquante à soixante mille chais bien vigoureux et bien disciplinés, pour pouvoir lutter avec eux sans trop de désavantage; mais les rais détruits ou diminués, comment sr débarrasser des chats? That is the question.

En attendant qu'ils nous dévorent, décrivons leurs mœurs et leurs goûts; bientôt il ne sera plus temps. L'endroit recherché et délicat, le fin morceau , le sot-l'y-laisse de ces gastronomes trottemenu , c'est l'œil du cheval. Aussitôt qu'un cheval est abattu, les rats accourent en faisant remuer leur groin vergeté de longues moustaches, en frétillant de la queue, en frottant leurs pattes contre leur nez avec tous les signes d'une profonde jubilation. Les chefs de la troupe, les plus considérables de la société, attaquent les yeux, les trouent, fendent la cornée et vident l'orbite , jusqu'à ce qu'ils aient atteint à une petite pelote de graisse qui tapisse le fond de la cavité. Cette friandise équivaut, pour un rat gourmand, à ce que serait pour nous une perdrix truffée ou une terrine de Nérac. Il est sans exemple, tant ce mets est recherché, qu'un cheval ait conservé les yeux après avoir passé une nuit dans un des clos.

S'il ne se trouve pas de graisse à cet endroit, vous en chercheriez en vain une demi-once sur tout le corps de l'animal : les rats le savent parfaitement bien, et, quand ils ne rencontrent pas la pelote cherchée dans le creux de l'orbite, ils abandonnent la carcasse et vont en essayer une autre.

Ce goût des rats pour les yeux est partagé par les corbeaux et les autres oiseaux de proie. C'est toujours par là qu'ils entament les charognes et les corps morts.

Dans les hivers rigoureux, les cadavres des clie» vaux surpris par la gelée prennent la rigidité et la consistance du bois, de sorte qu'il est impossible d'en détacher la peau. 11 faut donc les laisser sur place, avec leurs quatre pieds tendus en piquets . leur ventre gonflé et leur roideur de chevaux de carton, jusqu'à ce que l'adoucissement de la température permette de les travailler et de les équarrir. Les rats, animaux frileux de leur nature, rie pouvant plus d'ailleurs se nourrir avec les ri M. durcies par la gelée, choisissent un cheval de belle apparence pour en faire leur logis. Si l'animal a été saigné au col, ils entrent par la blessure; sinon, ils pénètrent par l'orifice opposé. Une fois entrés, ils nettoient leur demeure du mieux qu'ils peuvent, et la rendent tout à fait confortable; les boyaux leur servent de corridors et de couloirs de communication; le salon est établi dans les grandes cavités abdominales; les chambres à coucher et les cabinets de toilette dans les interstices des côtes et lieux circonvoisins. Ils sont d'abord fort à l'étroit, mais leur logis s'agrandit tous les jours; le cœur, le foie et les poumons dévorés leur font deux ou trois pièces de plus. Ils vivent là plus à l'aise que le rat de La Fontaine dans son fromage de Hollande; ils mangent, ils évident, ils creusent en prenant le plus grand soin de ne pas entamer ni piquer la peau, de peur de donner passage à l'air

Prieur, car les rats craignent beaucoup les vents coulis, et redoutent par-dessus toutes choses d'atîraper des fluxions ou des rhumes de cerveau. Quand vient le dégel, il ne reste du cheval qu'un squelette enveloppé d'une peau; cette peau sonne comme un tambour , et le squelette est aussi bien préparé qu'il pourrait l'être par l'anatomiste le plus habile du Jardin des Plantes et de l'école d'Alfort.

Cette sensuelle précaution est d'autant plus remarquable, qu'en été ils ne se font aucun scrupule de percer et de ronger le cuir. Leur férocité est tellement grande, qu'ils se battent et se dévorent entre eux comme des hommes. Dès qu'un rat blessé exprime la douleur par des glapissements, ses parents et ses amis accourent aussitôt, se jettent sur lui et l'achèvent. Rien ne paraît les contrarier comme les cris et les plaintes. Tout rat qui piaille hors de propos est mis à mort sur-le-champ.

Les amateurs du Sport envoient souvent chercher des rats à Montfaucon , pour les faire servir au divertissement tout à fait britannique que nous allons raconter:

On enferme dans des cages de bois, entourées de treillis à mailles fines, deux épagneuls ou deux pointers avec six ou huit douzaines de rats. Les chiens doivent étrangler tous les rats dans un temps marqué, sans se reprendre, c'est-à-dire en ne donnant qu'un coup de croc à chacun. Celui qui a fini le premier est proclamé vainqueur, et les gens qui ont parié pour lui empochent les enjeux, qui sont souvent très-considérables.

C'est un spectacle fort bouffon que celui de c: chien impassible au milieu de cette fourmilière t' rats éperdus, qui se démènent et poussent des m affreux ; ils vont, ils viennent, ils grimpent les treillages, ils se pendent aux babines de leur ennemi, qui balance la tête, et cogne leurs grappes noires contre les barreaux de la cage pour se débarrasser et leur faire lâcher prise; en quelques minutes tout est exterminé, tant est grande l'adr des chiens élevés à cet exercice. Mais ce qu'il y i de plus extraordinaire dans tout ceci, c'est que te domestiques chargés d'apporter les rats de Montfaucon à Paris sont obligés de mettre dans leim caisses deux ou trois douzaines supplémentaires pour avoir le compte en arrivant chez leurs maître car ils se mangent en roule, et l'on ne trouverait plus que les queues à l'ouverture de la boîte : ceci paraît peu croyable, rien n'est pourtant plus vrai. M. Magendie, ayant élé prendre lui-même doua rats à la voirie pour faire quelques expériences, n'en rapporta chez lui que trois vivants, prodigieusement gonflés et distendus. Il ne restait des autres que les griffes, les dents, et quelques débris.

O rats myophages! n'avez-vous donc pas honte de faire mentir les vers de Roileau, où il est dil que l'on ne voit point les animaux se déchirer entre eux?

A combien évaluer le nombre de ces formidables rongeurs! Les uns disent cent mille, les autres deux cents, ceux-là vingt mille seulement, ce qui est peu probable : il est fort difficile d'avoir un chiffre juste. Mais, d'après la quantité de chair dévorée , l'état du terrain entièrement bouleversé , les chasses générales et particulières , qui n'ont jamais eu d'effet sensible, l'extrême fécondité des mères rates, qui ne font pas moins de quinze à dix-huit petits, on doit supposer un nombre exorbitant.

Voici comme se pratiquent les grandes chasses:

II y a dans Montfaucon un clos exactement entouré de murailles; dans ces murailles sont pratiquées des espèces de chatières, des barbacanes espacées régulièrement : on fait abattre dans l'enceinte trois ou quatre chevaux bien gras; la nuit tombée, les rats entrent par les chatières et commencent leur festin. Quand on pense que la frairie est en bon train, que l'orgie est au plus haut degré d'effervescence, on arrive à pas de loup, on bouche les trous avec des tampons; puis on pénètre dans le clos par-dessus les murailles avec des échelles, des torches, des bâtons , des bottes fortes et une vingtaine de chiens.

Alors le carnage commence : à coups de pieds, à coups de bâton, à coups de dents. Les chiens aboient, les rais poussent leur glapissement à la fois lâche et féroce; les plus déterminés tâchent de gravir au long des murs, et de se sauver ainsi, mais on les poursuit avec la flamme des torches; à moitié grillés, ils sont bien forces de quitter te aspérités auxquelles ils se cramponnent, et de tomber, tout roussis et tout flambés, dans les gueules béantes qui les attendent en bas.

Dans l'espace d'un mois, l'on en a tué seize mille cinquante; neuf mille cent un en quatre chasses deux mille six cent cinquante en une seule fois. Un équarrisseur nous a dit en avoir pris cinq nidli cet hiver dans un trou qui se trouve à l'angle de l'écurie et qu'il avait garni d'une espèce de nasse ces grands massacres ne font pas le moindre effet. Les amateurs en tuent aussi beaucoup avec des sarbacanes dans lesquelles ils soufflent fortement un petit dard empenné d'un flocon de laine rouge; les rats blessés, se sauvant avec leur banderille plantée dans le dos en manière d'oriflamme, ont une mine fort héroïque. On les asphyxie encore dans leurs terriers en y poussant, au moyen d'un fourneau et d'un soufflet, de la vapeur de soufre. Mais ils n'en pullulent pas moins, et deviennent tous les jours de plus en plus nombreux; ainsi, il faut nous résigner à notre sort et nous accoutumer à l'idée d'être dévorés prochainement: Lo que ha de ser, non puedo faltar.


Théophile Gautier,
Caprices et zigzags

La Batrachomyomachie





LA BATRAKHOMYOMAKHIE





EN commençant, et avant tout, je supplie le chœur des Muses de descendre du Hélikôn en mon esprit, à cause d’un chant que j’ai mis dans mes tablettes, récemment, sur mes genoux ; guerre immense, œuvre pleine du tumulte guerrier d’Arès, me flattant de faire entrer dans les oreilles de tous les hommes comment les Rats, combattants intrépides, se ruèrent sur les Grenouilles, imitant les travaux des Géants nés de Gaia, ainsi qu’on le rapporte parmi le mortels.

Et cette guerre eut cette origine.

Un jour, un Rat altéré, ayant échappé au péril de la Belette, trempa son tendre menton dans le marais voisin, se délectant de l’eau douce comme miel. Une babillarde se plaisant dans le marais le vit et lui dit ces paroles :

— Étranger, qui es-tu ? D’où es-tu venu vers ce rivage ? Qui est ton père ? Dis-moi vrai en toutes choses, de peur que je te prenne mentant. En effet, si je reconnais en toi un digne ami, je te conduirai dans ma demeure, et je t’offrirai de nombreux et illustres présents hospitaliers. Moi, je suis le Roi Physignathos aux joues enflées, honoré dans tout le marais, chef immuable des Grenouilles, et mon père Pèleus le fangeux, m’a engendré autrefois, s’étant uni d’amour à Hydromédousè la Reine de l’eau, sur les bords de l’Éridanos. Mais je vois que, beau et brave entre tous, tu dois être un Roi porte-sceptre et un guerrier dans les batailles. Allons ! dis-moi promptement ta race.

Et Psikharpax le voleur de miettes lui répondit et dit :

— Pourquoi m’interroger sur ma race, ami ? Elle est connue de tous les hommes, et des Dieux, et des oiseaux aériens. À la vérité, je me nomme Psikharpax le voleur de miettes, et je suis fils de Trôxartès le rongeur de pain, mon père magnanime, et ma mère, certes, est Leikomylè qui lèche les meules, fille du roi Pternotrôktès rongeur de jambon. Elle m’enfanta dans un trou et me nourrit de choses bonnes à manger, de figues, de noix, et de toute façon. Mais comment ferais-tu de moi ton ami, moi qui ne suis point ton semblable de nature? En effet, ta vie est dans les eaux, et moi j’ai coutume de ronger toute chose parmi les hommes. Le pain trois fois pétri ne m’échappe point dans la corbeille ronde, ni les galettes larges contenant beaucoup de sésame, ni le morceau de jambon, ni le foie revêtu de sa blanche tunique, ni le fromage nouveau de doux lait caillé, ni le bon gâteau de miel que désirent les Bienheureux eux-mêmes, ni aucune des choses que les cuisiniers préparent pour le repas des hommes, quand ils ornent les plats d’argile d’assaisonnements de toute sorte.

Je n’ai jamais fui non plus la clameur terrible de la guerre, et, me ruant droit dans la bataille, je me suis mêlé aux premiers combattants. Et je ne crains point l’homme, bien qu’il ait un grand corps ; mais, montant sur son lit, je mords le bout de son doigt. Et même une fois, je l’ai saisi au talon, et, quand il eut senti la douleur, aussitôt son doux sommeil fut troublé par ma morsure. À la vérité, je crains deux ennemis sur toute la terre, l’épervier et la belette, qui me causent de grands maux, et aussi la ratière lamentable où veille une destinée pleine de ruses. Mais je crains par-dessus tout la Belette, car elle est de beaucoup la plus forte, et elle entre aussi dans les trous, et elle y furette. Je ne mange ni les radis, ni les choux, ni les citrouilles, et je ne me repais point non plus du vert poireau, ni du persil. Ces choses sont votre nourriture, à vous qui vivez dans les marais.

À ces paroles, Physignathos aux joues enflées, souriant, lui répondit :

— Étranger, tu te glorifies beaucoup de ton ventre ; mais de nombreuses choses admirables à voir sont à nous, dans le marais et sur terre ; car le Kroniôn a donné en partage aux Grenouilles d’être amphibies, de sauter sur la terre et de plonger dans l’eau, et d’habiter des demeures divisées en deux éléments. Si tu veux savoir ces choses, cela est aisé. Monte sur mon dos, mais tiens-toi bien, de peur de périr ; et, de cette façon, tu parviendras, joyeux, dans ma demeure.

Il parla donc ainsi et présenta son dos, et Psikharpax le voleur de miettes monta promptement d’un saut léger, entourant de ses pattes le cou mou. Et, à la vérité, il se réjouit d’abord, quand il contempla les ports voisins, en se délectant de la natation de Physignathos aux joues enflées ; mais quand, enfin, il fut baigné par les eaux pourprées, pleurant beaucoup et se reprochant son repentir tardif, il s’arracha les poils, et il serrait ses pieds contre son ventre, et, dans sa poitrine, son cœur battait à cause de la nouveauté, et il voulait revenir à terre.

Et il gémissait profondément, par la violence de la froide peur. Et, d’abord, il étendit sa queue sur l’eau, en la remuant comme un aviron, et suppliant les Dieux, afin de revenir à terre, parce qu’il était baigné par les eaux pourprées. Et il criait beaucoup, et il dit ceci du fond de sa gorge :

Le taureau ne porta pas ainsi le fardeau d’amour, quand il mena Europè dans la Krètè, à travers les flots ! Il ne fit pas comme cette grenouille qui, sur son dos, me porte en nageant vers sa demeure, tandis qu’elle élève son corps pâle au-dessus de l’eau blanche.

Mais voici qu’un Hydre apparut soudainement, horrible apparition pour tous deux, et il dressait son cou au-dessus de l’eau. Et Physignathos aux joues enflées, l’ayant vu, plongea, ne songeant pas que son compagnon abandonné allait périr. Et, plongeant au fond du marais, il évita la noire Kèr.

Et Psikharpax le voleur de miettes, dès qu’il eut été abandonné, tomba aussitôt à la renverse dans l’eau ; et il serrait les pattes, et il criait en périssant. Et il fut souvent submergé, et il remonta souvent en battant l’eau ; mais il ne lui était pas permis d’éviter la destinée. Et ses poils, étant mouillés, pesaient sur lui plus lourdement ; et, enfin, comme il périssait, il dit ceci :

— Tu ne cacheras point par ruse, Physignathos aux joues enflées, les choses que tu as faites, en me jetant, naufragé, du haut de ton corps, comme d’une roche. Tu ne l’aurais emporté sur moi, à terre, ô très-mauvais, ni au pugilat, ni à la lutte, ni à la course ; mais, là où tu m’as aventuré, tu m’as jeté dans l’eau. Les Dieux ont un œil vengeur, et tu seras châtié par l’armée des Rats, et tu n’échapperas point. Ayant ainsi parlé, il expira dans l’eau. Et Leikhopinax qui lèche les plats, assis sur les molles rives, le vit, et il gémit terriblement, et il courut l’annoncer aux Rats.

Et dès qu’ils eurent appris sa destinée, une grande colère les saisit tous, et ils ordonnèrent à leurs hérauts de convoquer, au lever du jour, les Rats à l’agora, dans les demeures de Trôxartès le rongeur de pain, père du malheureux Psikharpax le voleur de miettes, qui, dans les marais, flottait le ventre en l’air, comme un cadavre. Et le malheureux ne flottait point près du bord, mais au milieu de cette mer. Et quand ils furent tous arrivés, en même temps que le jour, le premier, Trôxartès le rongeur de pain se leva, irrité à cause de son fils, et il fit cette harangue :

— Ô amis, bien que j’aie subi seul bien des maux de la part des Grenouilles, cette Moire mauvaise vous est faite à tous. Et je suis maintenant très-malheureux, car j’ai perdu trois fils. Et, en effet, la très-haissable Belette saisit le premier et le tua, l’ayant surpris hors du trou. Les hommes féroces ont mené l’autre à la mort, à l’aide d’une invention nouvelle, de la machine en bois pleine de ruses qu’ils nomment Ratière, perdition des Rats. Celui-ci était le troisième, aimé de moi et de sa chaste mère, et Physignathos aux joues enflées l’a étouffé, l’ayant conduit dans l’abîme. Mais, allons ! armons-nous et ruons-nous sur les Grenouilles, ayant revêtu nos corps d’armes artistement travaillées.

Ayant ainsi parlé, il les excita tous à s’armer, et Arès, à la vérité, qui songe toujours à la guerre, les fit s’armer. Et, d’abord, ils mirent autour de leurs jambes des knèmides, ayant fendu des cosses de fèves vertes, bien préparées, et qu’ils avaient eux-mêmes rongées pendant la nuit. Et ils avaient des cuirasses habilement faites de la peau d’une Belette écorchée, et ils les recouvrirent de roseaux. Et leur bouclier était le milieu bombé d’une lampe, et leur lance était une très-longue aiguille, toute d’airain, travail d’Arès, et le casque, sur leurs tempes, était une coque de noix.

Ainsi les Rats étaient debout et en armes. Et dès que les Grenouilles les eurent vus, elles sortirent de l’eau. Puis, étant venues en un seul lieu, elles s’assemblèrent pour délibérer sur la guerre mauvaise. Et tandis qu’elles examinaient d’où venaient cette levée d’armes et ce tumulte, un héraut vint à elles, portant le sceptre dans ses mains, le fils du magnanime Tyroglyphos le troueur de fromage, Embasikhytros qui trotte dans les marmites. Et il venait leur annoncer la nouvelle funeste de la guerre, et il dit ceci : — Ô Grenouilles, les Rats, vous ayant menacées, m’ont envoyé vous avertir de vous armer pour la guerre et le combat. Ils ont vu, en effet, sur l’eau, Psikharpax le voleur de miettes, qu’a tué votre Roi Physignathos aux joues enflées. Combattez maintenant, vous qui êtes les plus braves d’entre les Grenouilles. Ayant ainsi parlé, il fit son message, et sa parole, étant entrée dans les oreilles de toutes, troubla les esprits des Grenouilles insolentes.

Et, les réprimandant toutes, Physignathos aux joues enflées, se levant, dit :

— Ô amis, je n’ai point tué ce Rat, et je ne l’ai point vu périr. Sans doute il s’est noyé en jouant auprès du marais et en imitant la natation des Grenouilles ; et, maintenant, voici que, pleins de méchanceté, ceux-ci m’accusent, moi qui suis innocent. Mais, allons ! délibérons pour savoir comment nous détruirons les Rats artificieux. Et moi, je dirai d’abord ce qui me semble le plus sage. Tenons-nous tous, couverts de nos armes, sur les hauteurs du rivage, là où il est le plus escarpé ; et quand les Rats se jetteront impétueusement sur nous, chacun saisissant par le casque celui qu’il rencontrera, nous les entraînerons dans le marais avec leurs casques. Et, en effet, nous les étoufferons ainsi dans l’eau, car ils ne savent pas nager ; et, pleins de joie, nous élèverons ici un trophée à cause des Rats que nous aurons tués.

Ayant ainsi parlé, il les fit tous s’armer. Et ils entourèrent leurs jambes de feuilles de mauves, et ils avaient des cuirasses de larges et vertes poirées, et ils firent des boucliers avec des feuilles de choux, et ils avaient pour lance un long roseau pointu, et ils couvrirent leurs têtes de légères coquilles de limaçon. Et, s’étant ainsi armés, ils se tinrent debout sur la hauteur du rivage, brandissant leurs lances, et chacun étant plein de colère. Et Zeus, ayant appelé les Dieux dans l’Ouranos étoilé, leur fit voir la puissance de cette guerre, et les braves com. battants, nombreux et grands et portant de longues lances. Telle s’avançait l’armée des Centaures et des Géants.

Et, souriant doucement, il demanda qui viendrait en aide aux Grenouilles ou aux Rats affligés. Et il dit à Athènaiè :

— Ô ma fille, ne vas-tu point venir en aide aux Rats ? En effet, tous bondissent toujours à travers ton temple, se délectant de l’odeur des graisses et des restes des sacrifices.

Ainsi parla le Kronide, et Athènè lui répondit :

— Ô Père, jamais je ne viendrai en aide aux Rats affligés, car ils m’ont fait subir beaucoup de maux, rongeant mes bandelettes et nuisant à mes lampes, à cause de l’huile ; et ce qu’ils m’ont fait m’a trop mordu au cœur. Ils ont rongé mon péplos que j’avais tissé d’une trame subtile et d’un fil très-fin, et ils y ont fait des trous ; et le ravaudeur me demande beaucoup et me presse, et j’en suis irritée ; car il exige des intérêts, ce qui est affreux pour les Immortels ; et j’ai travaillé en empruntant, et je n’ai pas de quoi rendre. Mais je ne veux pas non plus venir en aide aux Grenouilles, car elles n’ont pas l’esprit sain. Récemment, revenant de la guerre, j’étais très-fatiguée et j’avais besoin de sommeil et, par leur bruit, elles ne m’ont pas laissée fermer l’œil, et je suis restée couchée tout éveillée, ayant mal à la tête, jusqu’à ce que le coq eût chanté. Allons ! ne les secourons donc point, ô Dieux, de peur qu’un d’entre nous soit blessé par un trait aigu et qu’il ait le corps percé d’une lance ou d’une épée ; car les voici ardents au combat, même quand un Dieu viendrait à leur rencontre. Mais, tous, du haut de l’Ouranos, charmons-nous en regardant le combat.

Elle parla ainsi, et tous les autres Dieux lui obéirent et se réunirent tous en un seul lieu. Et, alors, deux hérauts s’avancèrent, portant le signal du combat, et des Cousins, ayant de grandes trompettes, sonnèrent terriblement le trépignement de la mêlée ; et, de l’Ouranos, le Kronide Zeus tonna, présage de la guerre mauvaise.

Et le premier, Hypsiboas qui crie haut frappa de sa lance Leikhènôr qui lèche l’homme, debout entre les premiers combattants, dans le ventre, en plein foie. Et celui-ci tomba à la renverse, et il souilla de poussière ses poils délicats ; et il tomba avec bruit, et ses armes résonnèrent sur lui. Et, après celui-ci, Troglodytès l’habitant des trous frappa Pèléiôn le limoneux, et lui enfonça sa forte lance dans la poitrine ; et la noire mort saisit le guerrier tombé et son âme s’envola de son corps. Puis, Seutlaios le poiréen tua Embasikhytros qui trotte en marmite, d’un coup au cœur ; mais la douleur saisit Okimidès l’enfant du basilic, et il frappa Seutlaios le poiréen d’un roseau pointu. Et Artophagos le mangeur de pain frappa Polyphonos le bavard, dans le ventre, et celui-ci tomba à la renverse, et son âme s’envola de son corps. Mais Limnokharis la grâce du marais voyant périr Polyphonos, et prévenant Troglodytè s, le frappa au milieu du cou d’une pierre telle qu’une meule, et la nuit enveloppa ses yeux.

Et Leikhènôr lança contre Limnokharis la grâce du marais sa pique éclatante, et la pique, sans s’égarer, le frappa dans le foie. Dès qu’il vit cela, Krambophagos qui mange les choux, fuyant, tomba des hautes rives ; mais Leikhènôr ne cessa point de combattre et le frappa. Et Krambophagos tomba et ne se releva point, et le marais fut teint de son sang pourpré ; et il resta flottant auprès du bord, ses grasses entrailles hors du ventre. Et, sur ces mêmes rives, fut tué Tyrophagos le mangeur de fromage. Et Kalaminthios qui hante les roseaux, voyant Pternoglyphos le troueur de jambon, fut saisi de frayeur ; et, fuyant, il sauta dans le marais, après avoir jeté son bouclier. Et l’irréprochable Borborokoitès qui couche dans la fange tua Philtraios le charmant.

Et Hydrokharis la grâce de l’eau tua le roi Pternophagos le rongeur de jambon, l’ayant frappé d’un rocher sur le haut de la tête. Et sa cervelle coula par ses narines, et la terre fut souillée de sang. Et Leikhopinax qui lèche les plats, se ruant avec sa lance, tua l’irréprochable Borborokoitès, et l’obscurité enveloppa ses yeux. Alors, Prassophagos le mangeur de poireau, saisissant l’occasion, entraîna par un pied Knissodiôktès qui accourt à l’odeur de la graisse, et, le tenant par le tendon, le noya dans le marais. Mais Psikharpax le voleur de miettes, vengeant ses compagnons morts, frappa Prassophagos, comme celui-ci n’était pas encore remonté à terre ; et Prassophagos tomba devant lui, et son âme alla chez Aidès. Pèlobatès qui trotte dans la fange, l’ayant vu, lui jeta une poignée de boue à la tête, et il l’aveugla aussitôt ; mais Psikharpax, très-irrité de cela, saisissant de sa patte robuste une lourde pierre, fardeau de la terre, qui gisait dans la plaine, en frappa Pèlobatès sous les genoux ; et toute la jambe droite fut fracassée, et il tomba à la renverse dans la poussière.

Et Krangasides le fils de la vocifération, pour le défendre, revint sur Psikharpax et le frappa au milieu du ventre, et le roseau aigu s’y enfonça tout entier, et toutes les entrailles se répandirent à terre, arrachées avec la lance par une main vigoureuse. Et dès que Sitophagos le mangeur de blé l’eut vu sur les bords du fleuve, il s’éloigna du combat en boitant, car il souffrait beaucoup, et il sauta dans un fossé, afin de fuir la destinée terrible. Et Trôxartès le rongeur de pain frappa Physignathos aux joues enflées à l’extrémité du pied, et celui-ci, fuyant, sauta, affligé, dans le marais ; mais Prassaios nourri de poireau, le voyant tomber à demi inanimé, se rua parmi les premiers combattants et lança un roseau aigu ; mais il ne perça point le bouclier, et la pointe de la lance y resta.

Alors, le divin Origaniôn enfant de l’Origan, imitant Arès lui-même, frappa Trôxartès sur son casque irréprochable fait d’un morceau de marmite carrée. Et il était le seul, parmi les Grenouilles, qui combattît bravement dans la mêlée. Et les Rats se ruèrent tous sur lui ; mais, voyant cela, il ne soutint pas l’attaque de héros puissants, et il plongea dans les profondeurs du marais. Et il y avait, parmi les Rats, un seul adolescent qui l’emportait sur tous les autres en combattant de près, cher fils de l’irréprochable Artépiboulos le guetteur de pain, chef semblable à Arès lui-même, le hardi Méridarpax le voleur de portions, qui seul, entre les Rats, excellait encore en combattant. Et il s’arrêta orgueilleusement près du marais, en avant des autres, et il se vantait d’exterminer la race des belliqueuses Grenouilles. Et, certes, il l’eût fait, car sa force était grande, si le Père des hommes et des Dieux ne l’eût aussitôt deviné.

Et, alors, le Kroniôn eut pitié des Grenouilles qui périssaient, et, secouant la tête, il dit ceci : — Ô Dieux ! je vois de mes yeux une grande action. Méridarpax le voleur de portions ne m’a pas peu troublé en menaçant furieusement d’exterminer les Grenouilles auprès du marais. Envoyons très-promptement Pallas qui excite la mêlée guerrière, et Arès aussi, et ils éloigneront Méridarpax du combat, malgré sa vigueur. Le Kronide parla ainsi, mais Arès lui répondit :

— Kronide, ni la force d’Athènaiè, ni celle d’Arès, ne suffiront à préserver les Grenouilles de la destinée terrible. Allons plutôt tous à leur aide, ou bien brandis ta grande arme tueuse de Titans, très-puissante, avec laquelle tu as tué les Titans, les plus terribles de tous ; avec laquelle tu as tué autrefois Kapaneus, homme farouche, par laquelle tu as enchaîné Egkélados et dompté la race féroce des Géants ! Brandis-la, et, bien que celui-ci soit très-brave, il sera réprimé.

Il parla ainsi, et le Kronide lança la foudre fuligineuse. Et, d’abord, à la vérité, il tonna et il ébranla le grand Olympos ; puis il lança la foudre, arme terrible et tournoyante de Zeus. Et elle jaillit des mains du Roi. Et l’éclair épouvanta les Grenouilles et les Rats. Cependant, l’armée des Rats ne cessait pas de combattre, et elle n’en désirait que davantage détruire la race des belliqueuses Grenouilles ; mais, du haut de l’Olympos, le Kroniôn eut pitié des Grenouilles, et il leur envoya aussitôt des alliés. Et, soudainement, survinrent, avec des dos tels que des enclumes, et des ongles recourbés, marchant obliquement, louches, la bouche entourée de tenailles, la peau écaillée, le corps osseux, le dos large, les épaules reluisantes, les pieds tournés, les mains longues, regardant par la poitrine, il huit pattes, à deux têtes et manchots. — ceux qu’on nomme Crabes, et qui tranchèrent de leurs bouches les queues, les pieds et les pattes des Rats. Et les lances se rompaient sur eux. Et les misérables Rats, épouvantés par eux, prirent la fuite. Et voici que Hêlios tombait, et ce fut la fin de cette guerre d’un seul jour.


Attribué à Homère
puis à Pigrès d'Halicarnasse
et traduit par Leconte de Lisle